Hay una vieja idea de la política uruguaya que se repite desde hace décadas: Jorge Pacheco Areco fue el mayor fabricante de tupamaros y, a su vez, los Tupamaros terminaron siendo los mayores multiplicadores del pachequismo.
Más allá de la exactitud histórica de esa afirmación, contiene una verdad política interesante: a veces los adversarios se alimentan mutuamente y terminan fortaleciéndose entre sí.
Si esa lógica se traslada a Lavalleja, el paralelismo es inevitable.
El mayor creador de frenteamplistas en el departamento parece haber sido Mario García. Durante su gobierno el Partido Nacional perdió alrededor de 8.000 votos y, con ellos, perdió la elección.
No fue solamente una derrota electoral; fue también el desgaste de una forma de hacer política y de una identidad partidaria que durante décadas pareció casi inexpugnable.
El Partido Nacional de Lavalleja había resistido fenómenos políticos mucho más poderosos que cualquier liderazgo departamental.
Sobrevivió al impacto de Tabaré Vázquez, al ascenso de José Mujica y al regreso de Vázquez a la Presidencia. Conservó su fortaleza territorial cuando muchos daban por inevitable el avance definitivo del Frente Amplio. Esa tradición blanca, con raíces profundas en el departamento, terminó debilitándose bajo la conducción de Mario García.
Por eso el escenario actual tiene una paradoja evidente.
El gobierno de Daniel Ximénez enfrenta problemas serios, dificultades de gestión y un deterioro que, en condiciones normales, haría muy difícil imaginar una reelección.
Sin embargo, la política rara vez se mueve en condiciones normales.
El oficialismo necesita un antagonista conveniente, alguien que reactive viejos alineamientos y vuelva a polarizar el departamento en términos favorables. Y ese nombre, para muchos frenteamplistas, sigue siendo Mario García.
No sería extraño que parte de la estrategia del Frente Amplio consistiera en mantenerlo como principal referencia opositora hacia el final del período.
En política, a veces el adversario más útil es aquel que ya demostró capacidad para dividir a los propios y desalentar a los independientes.
Si la elección vuelve a plantearse como un plebiscito entre Ximénez y García, el oficialismo podría encontrar una oportunidad donde hoy parece haber solamente dificultades.
En ese contexto se entiende otro movimiento: la atención creciente sobre Adriana Peña. El gobierno departamental parece buscar temas con los cuales confrontarla, porque sabe que allí puede estar la verdadera disputa por el liderazgo opositor.
Peña representa, para una parte importante del electorado blanco, una identidad distinta, menos asociada al desgaste reciente y más vinculada a una tradición política que todavía conserva capacidad de movilización.
La gran pregunta para el Partido Nacional no es solamente cómo enfrentar al Frente Amplio, sino cómo evitar convertirse en el mejor aliado de su adversario.
La historia política está llena de líderes que terminaron fortaleciendo aquello que decían combatir.
Lavalleja podría estar escribiendo una versión departamental de esa misma historia.
Pablo Melgar
