Algunas palabras conviene utilizarlas con el casco puesto. Uno escribe “histórico” y, antes de que termine de secarse la tinta, aparecen quienes necesitan explicar que eso que acaba de ocurrir no es histórico.
Uno escribe “crítica” y alguien entiende “ataque”.
Uno escribe “libertad” y otro sospecha una conspiración. Uno describe un hecho y enseguida aparece quien, con admirable dedicación, se ocupa de explicarnos qué fue lo que realmente quisimos decir.
Es una tarea agotadora, aunque tiene una ventaja: obliga a precisar.
Hace unos días, las redes sociales de SERRANO calificaron de histórica la movilización realizada frente a la Intendencia de Lavalleja.
La palabra provocó cierta agitación. Hubo quienes se preguntaron qué tenía de histórica aquella manifestación, como si el adjetivo hubiera sido elegido después de consultar a una comisión académica, a la Real Academia Española y, eventualmente, a los protagonistas de la movilización.
Pero no. La palabra era bastante más sencilla.
Histórico es aquello que merece ser incorporado a la historia. Y también aquello que, por su excepcionalidad, se aparta de lo habitual. No hace falta que aparezca Napoleón, que caiga un imperio o que alguien cruce los Andes a caballo.
A veces alcanza con que algo que casi nunca ocurre ocurra. Por eso conviene hacer un ejercicio de memoria.
¿Cuántas movilizaciones de ADEOM Lavalleja frente a la Intendencia recuerda el lector? No hace falta una investigación doctoral. Basta con tener algunos años y memoria.
Hubo una durante el gobierno de Zabalza. Hubo otra en tiempos de Adriana Peña, y otra vinculada al período de Herman Vergara. Y ahora tenemos la que acaba de producirse frente a las puertas de la comuna.
Si en aproximadamente un siglo y algo más podemos recordar apenas unas pocas, quizá la palabra «histórico» no sea precisamente una exageración.
Es, en realidad, una descripción.
Podría decirse que es una descripción bastante modesta: no afirma que haya comenzado una revolución, no anuncia la caída de un régimen, no proclama héroes ni villanos. Dice solamente que se trata de un acontecimiento infrecuente.
Pero aquí aparece una curiosa costumbre contemporánea: discutir la palabra en lugar del hecho.
Y eso sí que resulta interesante.
Porque cuando alguien escribe que una movilización fue histórica, algunos lectores parecen leer: “SERRANO está a favor de la movilización”.
Otros leen: “SERRANO está en contra de la Intendencia”.
Otros, quizá más imaginativos todavía, encuentran allí una declaración de guerra.
Nada de eso está escrito.
La palabra “histórico” no contiene una adhesión política escondida en una sílaba. No es un voto. No es una bandera. No es una camiseta.
Es un adjetivo.
Y los adjetivos, aunque a veces se comporten como criaturas peligrosas, tienen la desagradable costumbre de significar lo que significan.
El problema quizá sea otro. Hay quienes han terminado acostumbrándose tanto a que determinadas cosas ocurran sin que nadie las señale que, cuando alguien las señala, consideran que señalar constituye el problema.
No lo es.
El problema sería que los hechos dejaran de poder describirse.
En SERRANO creemos, precisamente, en eso: en la posibilidad de mirar la realidad, contarla, interpretarla y explicar por qué se la interpreta de determinada manera. No necesitamos pedir disculpas por pensar.
Tampoco necesitamos ocultar desde qué lugar observamos el mundo. Lo que sí debemos hacer -y hacemos- es poder explicar lo que decimos.
Esa es una diferencia importante.
Porque una cosa es discrepar con una interpretación y otra bastante distinta es pretender que la interpretación no pueda existir.
El libre pensamiento tiene esa pequeña incomodidad: permite que alguien piense distinto.
La crítica tiene otra: permite que alguien cuestione lo que hasta ayer parecía incuestionable.
Y el periodismo tiene una peor todavía: obliga a poner los hechos delante de las personas.
Eso puede poner nervioso a más de uno.
Paciencia.
La realidad no suele pedir permiso para ocurrir.
Ahora vendrá lo verdaderamente interesante: saber cómo termina esta historia, qué consecuencias tendrá, a quién beneficiará, a quién perjudicará y qué quedará después de las declaraciones, las movilizaciones, las respuestas y las explicaciones.
Eso lo dirán los hechos.
Y allí sí habrá que volver a las palabras, porque seguramente también habrá quienes quieran discutirlas.
Mientras tanto, podemos quedarnos con una certeza bastante elemental: lo ocurrido el lunes fue histórico.
Más que les pese.
Y si a alguien le molesta el término, siempre tiene una posibilidad magnífica: abrir un diccionario.
No suele ser una experiencia peligrosa.
Aunque, en ciertos ambientes, puede resultar revolucionaria.
Quizá el problema de fondo sea que en Lavalleja algunas cosas pasan desde hace tanto tiempo que han dejado de sorprender a quienes viven dentro de ellas.
Y eso puede ocurrir con las cosas buenas y con las malas.
Cuando uno nunca sale del mismo paisaje, termina creyendo que el horizonte es una pared.
Por eso quizá haya llegado la hora de mirar un poco más lejos. Estudiar. Leer. Comparar. Trabajar. Conocer otras realidades. Contrastar lo que ocurre aquí con lo que ocurre afuera. Respirar otros aires.
No para abandonar Lavalleja.
Todo lo contrario. Para entenderlo mejor.
Porque un departamento no se vuelve más grande cuando sus habitantes dejan de cuestionarlo. Se vuelve más pequeño. Y tampoco se vuelve más libre cuando sus ciudadanos se acostumbran a pedir permiso para pensar.
Quizá por eso algunas palabras provoquen tanta inquietud.
“Crítica”.
“Libertad”.
“Pensamiento”.
“Histórico”.
Son palabras bastante inocentes.
Lo verdaderamente peligroso es que alguien empiece a tomárselas en serio.
Pablo Melgar
