En Montevideo y en los ministerios se repite como un mantra: “la macroeconomía está bien”. Lo dice el gobierno, lo dijo el anterior, lo celebró la doña del Fondo Monetario y lo firman los que miran los números desde arriba. Inflación baja, dólar más o menos estable, empleo que se sostiene gracias a la construcción. Todo parece en orden. Hasta histórico, según algunos.
Pero uno se baja del escritorio y camina. Va a cualquier barrio de Montevideo o a cualquier pueblo del interior -Minas, José Pedro Varela, Solís de Mataojo, da igual- y pregunta. La respuesta es siempre la misma: no hay un peso. Se compra menos. Las deudas aprietan.
El supermercado se volvió un lugar donde la gente mira los precios dos veces antes de meter algo al carrito. Esa es la microeconomía. Y esa es la que manda en el humor de la gente. El contraste ya no se puede esconder.
Mientras desde arriba se celebra una línea económica que viene de Astori, pasó por Azucena y sigue casi igual, en la calle se siente que esa fórmula se agotó. No llegan las grandes inversiones. No se ven las obras que generen laburo de verdad más allá de la construcción.
El Banco República parece tener cada vez más plata afuera y menos adentro. Y lo que queda se va, en buena parte, a esos créditos de consumo que en los bancos llaman “mataviejas”: plata fácil que después se cobra cara y deja a las familias más endeudadas que antes.
Es un círculo feo. La macro se sostiene con disciplina. La micro se deteriora porque esa disciplina no se traduce en proyectos que pongan la plata a trabajar en el país. Y cuando la gente no ve resultados concretos -cuando el bolsillo no mejora aunque los indicadores digan que todo marcha bien-, empieza a buscar señales en la política. Señales fuertes, simples.
No importa tanto si el gobierno es de izquierda o de derecha. Esa discusión cada vez dice menos. Lo que importa es la distancia entre el relato oficial y lo que se vive todos los días. Olvidarse de un trámite que impide exportar caballos puede parecer un detalle. Equivocarse con las vacunas genera más ruido.
Pero el problema de fondo es el mismo: cuando la gestión falla en lo chico, la gente deja de confiar en lo grande.
La visita del FMI fue clara. Elogió la macro y, con diplomacia, pidió que se arriesgue un poco. ¿Cómo se arriesga? Sacando plata de los bonos y poniéndola a trabajar en proyectos productivos locales para el mundo.
Mientras eso no pase, vamos a seguir escuchando que nunca estuvimos mejor y viendo a la gente contar monedas en la caja del súper. La macro puede estar bárbara.
La micro, por ahora, nos está matando.
Tarde o temprano, gana la que más duele.
Pablo Melgar
