Una de las ventajas de vivir en Lavalleja es el ritmo de vida. Lejos de la locura de las grandes ciudades, aquí todavía es posible hacer las cosas con un margen de serenidad.
Nuestra gente ha logrado desarrollarse en un ambiente donde el tiempo no siempre se mide por la urgencia, sino por la cercanía, la palabra y el trato personal. Es, si se quiere, una forma de vida “slow”, o quizás simplemente una forma de vida lavallejina.
Pero hay una paradoja curiosa. En un departamento donde el apuro no debería gobernar la agenda, hay quienes parecen vivir permanentemente corriendo.
Corriendo de un lado para otro, acumulando actividades, dejando sin cumplir obligaciones básicas, esas pequeñas responsabilidades que vienen incorporadas al cargo que se ocupa.
Porque hay algo que a veces se olvida: el protocolo no es un capricho. Es una forma institucional de expresar respeto.
No se trata de rendir pleitesía, sino de cumplir con una cortesía elemental que fortalece a las instituciones y evita que las diferencias personales se conviertan en gestos políticos.
Si viene a Lavalleja el directorio del Banco República, se espera que el gerente de la sucursal local los reciba. Si llega el ministro del Interior, el jefe de Policía debe estar presente. Nadie interpreta eso como una adhesión ideológica; simplemente forma parte de las obligaciones del cargo.
Por eso llama la atención que el presidente del Directorio del Partido Nacional, Álvaro Delgado, haya recorrido localidades del interior de Lavalleja sin ser recibido por el presidente de la Departamental Nacionalista, Mario García.
No estamos hablando de un militante cualquiera ni de un dirigente de segunda línea. Estamos hablando del principal referente institucional del partido.
Las razones pueden existir. Pueden ser atendibles, personales, políticas o de agenda. Pero cuando el gesto es tan visible, también lo es la ausencia de una explicación. Y ese es el problema.
Los silencios también hablan.
Lavalleja necesita dirigentes que discutan, que compitan y que se enfrenten cuando corresponda. Pero también necesita dirigentes que entiendan que representar una institución implica cumplir ciertos mínimos de convivencia política.
Mario García, por ahora, no habla. Y mientras no hable, el episodio seguirá siendo leído como un desplante. Tal vez injustamente. Tal vez no.
En la vida política, como en los pueblos chicos, las formas importan. Y mucho más de lo que algunos creen.
Pablo Melgar
