Vivimos en un tiempo violento. Hay récord de homicidios y lluvias de balas por todos lados. Pero también hay un récord de mentiras: en todo estamento social se miente violentamente.
En algo fallamos como sociedad.
En pocos años, la política se llevó por delante la cultura del relacionamiento y la vieja cortesía entre las personas. El honor entre la gente de bien se volvió tan escaso como la certeza de los vínculos. Las traiciones pasaron a formar parte del paisaje.
Hubo un tiempo en que el respeto entre amigos duraba hasta la tumba; y el que sobrevivía se ocupaba de lavar el honor del que ya no podía defenderse. Jamás se utilizaba la muerte del compañero en beneficio propio, y menos si ese amigo había caído defendiendo una causa común.
De eso saben los muertos de los campos de batalla y los perseguidos por la represión del Estado.
Los que traicionan a sus propios muertos son los mismos que no tienen el valor de decir las cosas de frente, los que no sostienen la mirada, los que se envuelven en glorias ajenas como si fueran propias.
El honor no admite atajos.
Ya se sabe: cuando se está flojo de papeles en el honor, se le falla a todo. El que miente en lo chico termina mintiendo en lo grande.
No hay storytelling que salve eso; es un asunto moral. Todo empieza con un ego desbordado, con una mirada por encima del hombro, y ya está: ahí se perdió el compás.
Conozco a mucha gente viviendo en una sucesión de mentiras: amantes, engaños en el trabajo, distancia con los hijos, trampas a los amigos.
Eso no es vida; es una mala copla repetida hasta el cansancio.
La convivencia en los pueblos chicos es una prueba de fuego. Todos sabemos todo. Aquí nos conocemos las caras, los silencios y las deudas.
Las condenas son para siempre: siempre habrá alguien que recuerde qué hizo cada uno, a quién se lo hizo y en qué esquina dejó tirada su palabra.
Porque en los pueblos, como en el cante jondo, el que pierde el honor puede cambiar de ropa, de partido o de discurso, pero nunca deja de cargar con su sombra.
Pablo Melgar
