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    La  inminente  muerte  del  patriotismo

    Serrano EditorBy Serrano Editor2 julio, 2026No hay comentarios8 Mins Read
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    Es un ejercicio de profunda melancolía civil contrastar la fotografía de un vecindario cualquiera en Estados Unidos con uno de nuestra pequeña República. En el primero, las barras y las estrellas flamean en los frentes de las casas como un hábito arraigado, un valor incondicional que no pide permiso ni espera un feriado. He conocido a muchos ciudadanos estadounidenses que no esconden su patriotismo aún estando en tierra extranjera. Nadie en el norte cuelga su bandera porque jueguen al rugby o al béisbol; está allí porque late en su identidad profunda. En nuestro suelo, sin embargo, el paisaje es desoladoramente distinto y desmoralizante.

    Como investigador historiográfico, libre pensador pero ante todo como oriental que ama la historia de su tierra así como de su madre patria (España), observo con pavor un fenómeno que roza lo perverso: la inminente muerte del patriotismo en el Uruguay contemporáneo, su penosa sustitución por el fetichismo de consumo y la demolición sistemática de nuestra memoria material e inmaterial.

    Hoy, el uruguayo promedio solo se acuerda de desempolvar el Pabellón Nacional, comprar una bandera en la feria o de lucir banderines en el auto, cuando la selección de fútbol disputa un partido en donde sea. Hemos reducido la herencia de los constituyentes, los sacrificios de las Cruzadas libertadoras y las gestas de la independencia a la suerte de una pelota defendida por 11 jugadores. Cuando el partido termina, la bandera vuelve al cajón, y con ella, la República. Lo grave es que este vaciamiento no es un hecho aislado, sino el síntoma de un proceso más largo: la constante permeabilidad del uruguayo a dejarse invadir y moldear por tendencias extranjeras, su facilidad para desentenderse de la preservación de su identidad. 

    Si analizamos nuestra historia con ojo crítico, el desarraigo actual es el resultado de sucesivas oleadas de colonización cultural que fuimos aceptando sin resistencia. Primero fue el fútbol, un juego importado por los ingleses que terminó por confiscar el sentimiento de pertenencia nacional, hasta el punto de hacernos creer que la patria es una camiseta o aparecer en un álbum de figuritas, al punto de trastornar el funcionamiento normal de las cosas y el prudente cumplimiento de nuestras obligaciones y responsabilidades solo por ver un partido que no resolverá los problemas que enfrentamos como nación. Un ocio entretenido desvirtúa el equilibrio existencial y funcional, aún si se lo analiza desde las construcciones de vínculos sociales en las que aquellos que no disfrutan ni gustan ni juegan este deporte son incluso discriminados o prejuzgados como extraños u otros epítetos, siendo innecesariamente disruptiva la apreciación subjetiva de un deporte como desencadenante de socialización y procreación de amistades.

    Pero antes y después de eso, corrimos detrás de las luces de afuera. Hubo una época en que mirábamos con obsesión hacia París; las modas de Francia, su arquitectura y sus costumbres se adoptaban de forma acrítica, como si lo propio -lo criollo, lo originario, lo verdaderamente oriental- fuera sinónimo de atraso. Fuimos educados para admirar el afuera y sospechar del adentro. El vicio de la importación cultural y el desprecio y valoración selectivos.

    Esa vieja tendencia hoy se disfraza bajo el nombre de un “progreso” que no es más que destrucción y suplantación de lo auténtico por lo ínfimo, lo efímero, lo desalmado y lo banal. Lo vemos reflejado en modas arquitectónicas sin alma que arrasan con nuestro patrimonio tanto a nivel local como nacional. El caso de la ciudad de Minas es desgarrador: buena parte de nuestra fisonomía histórica ha cambiado de manera negativa en pro de una modernidad mal entendida. Llegará un punto en que no se pueda comparar plenamente aquella ciudad de Minas decimonónica que ya no existe con la actual dado que casi nada permanecerá en pie. Triste y elocuente es el caso del edificio de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, un baluarte de nuestra memoria urbana y de la inmigración española que abrigó el departamento, que hoy, en nombre del mercado inmobiliario, está a pocos meses de convertirse en un frío complejo de apartamentos u oficinas. Se valora tan poco la historia en el departamento y en el país que entristece ver cómo el uruguayo deconstruye de manera ilógica y contraproducente su propia identidad para dar paso a lo genérico y lo ordinario.

    Vivimos en una época donde lo que verdaderamente cotiza es la subjetividad política de las redes sociales, la dictadura de las visualizaciones y la adoración de lo más superficial, mientras se pierden los valores comunicacionales básicos y el respeto por los hechos. En este nuevo ecosistema digital, la campaña y el interior profundo están prácticamente muertos, vaciados de su peso histórico y relegados al olvido. El pensamiento crítico está muriendo y quiénes lo defendemos y aplicamos pecamos de soberbios para quienes se encuentran cómodos y cegados por el status quo, porque no estamos dispuestos a seguir la corriente al falaz discurso de turno. Por no ser manipulables sino inmutables. Valiente es aquel que piensa diferente y actúa diferente pese a las masas que se dejan engañar por el discurso más atractivo y por la narrativa más seductora.

    La desidia actual es el destino lógico de este proceso. Si miramos 140 años hacia atrás, el pueblo uruguayo era uno, amalgamado en torno a un destino común; el de hoy es un colectivo fragmentado y desmemoriado. Hace poco más de un siglo, los valores patrios se inculcaban, se vivían en la calle y se respetaban con solemnidad. Hoy en día en los actos patrios apenas se ve gente, y muchas veces no son más que autoridades gubernamentales o periodistas que cubran el evento. No hay que irse tan lejos; quien escribe estas líneas no es un anciano, y perfectamente recuerda que en su infancia las plazas locales se colmaban de vecinos en cada fecha patria. Había un sentido de pertenencia vibrante, el respeto y la conciencia por los pilares de nuestra identidad sabían ser inculcados y motivados.

    Hoy, los actos oficiales en nuestras plazas son el reflejo del desierto ciudadano. Con suerte, se ve la silueta de algunos ediles, la figura del intendente de turno y poco más. La bandera uruguaya solo existe para el acto, para el asta de algunas instituciones públicas, para cumplir con el protocolo y “no quedar mal”, o para el partido de fútbol. Es el mayor de los sinsentidos. La comunidad le ha dado la espalda a su pasado, prefiriendo adoptar la última tendencia que dicte el mercado global antes que honrar sus raíces.

    Para peor, nos hemos convertido en una sociedad profundamente hipócrita, que no tolera la crítica objetiva ni la exposición descarnada de la verdad. Vivimos en un entorno cívico que se toma a pecho y se ofende cuando alguien le expone una situación incómoda, siendo generalmente el argumento o la falacia de manual acusar de ser simpatizante de una ideología política en vez de analizar las cosas de forma objetiva, una realidad de la que nadie quiere hacerse cargo. Pesando los favoritismos y la falseable ilusión optimista de la realidad y de los resultados de cada esfuerzo. Se prefiere el silencio cómplice o el linchamiento del mensajero antes que la autocrítica.

    El Uruguay que sí tenía sentido e identidad quedó con nuestros abuelos o nuestros padres, si es que peinan muchas canas. La campaña insigne de nuestro país murió cuando derribaron el último rancho de adobe, cuando el ticholo, el portland y la fibra de vidrio reemplazaron el calor de la tierra, cuando encarcelaron a todos los matreros, cuando desaparecieron las instituciones policiales, cuando cerraron los juzgados de paz seccionales quedando únicamente las escuelas y con suerte alguna comisaría, cuando las chinas se fueron a la ciudad, cuando el aluminio reemplazó a la pinotea y cuando el gaucho descubrió el wifi y se endeudó por una 4×4 en cuotas. Nuestro origen y nuestro pueblo se ha convertido en un superficial objeto de consumo y de entretenimiento. Todo pueblo es responsable de su destino. 

    Este escrito no es un lamento inútil, es un diagnóstico urgente y una denuncia. El patriotismo no puede ser un artículo de cotillón que se usa cada cuatro años, ni la copia servil de modas extranjeras, ni el desmantelamiento de nuestros edificios históricos y la desintegración de nuestra clásica imagen rural. Si permitimos que nuestra identidad se disuelva por completo en estas corrientes globales y en la frivolidad digital, habremos firmado la defunción cultural de la República.

    Es tiempo de mirar hacia adentro, recuperar el respeto por el patrimonio material que pisamos y entender que ser oriental es un compromiso diario con nuestra verdad histórica, no una conveniencia de noventa minutos.

    Andrés Llorente Tellechea
    Investigador independiente, autor y estudiante de ciclo intermedio de la Licenciatura en Archivología.

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