En los últimos meses, el presidente Yamandú Orsi ha encadenado una sucesión de equivocaciones que, tomadas de manera aislada, podrían parecer menores.
Ninguna configura por sí sola una crisis institucional ni compromete el funcionamiento de la República. Son episodios distintos: decisiones mal explicadas, cambios de rumbo, desprolijidades administrativas, señales contradictorias y errores de comunicación.
Sin embargo, en la vida pública no solo importa la magnitud de cada hecho. También importa la frecuencia con que ocurren.
Cuando los tropiezos se vuelven recurrentes, terminan construyendo una narrativa. Y esa narrativa comienza a afectar la confianza pública.
La autoridad presidencial no depende únicamente de las atribuciones que establece la Constitución. Se sostiene además sobre activos más difíciles de medir: la credibilidad, la coherencia y la percepción de liderazgo. La política también se construye con gestos y símbolos. Lo que en un episodio aislado puede resultar anecdótico, cuando se repite una y otra vez se transforma en un problema de conducción.
A este escenario se suma otro factor que el oficialismo no puede ignorar. La figura de la vicepresidenta Carolina Cosse genera adhesiones dentro del alambre dura del Frente Amplio, pero también despierta niveles significativos de rechazo en amplios sectores de la ciudadanía. Esa realidad política existe más allá de las simpatías o antipatías que pueda provocar.
Por esa razón, cada debilitamiento de la imagen presidencial abre inevitablemente especulaciones sobre eventuales escenarios sucesorios y coloca a la vicepresidenta en el centro de una discusión que buena parte de la opinión pública parece observar con incomodidad. No porque exista hoy una crisis institucional, sino porque la incertidumbre política suele ocupar rápidamente los espacios que deja vacantes el liderazgo.
Desde estas páginas hemos defendido siempre el respeto a la investidura presidencial y el estricto cumplimiento de la Constitución. Lo hicimos con gobiernos de distintos partidos y seguiremos haciéndolo. Defender la institución presidencial no implica renunciar a la crítica.
Por el contrario: exige señalar los errores cuando estos ocurren, precisamente porque la fortaleza de la República depende de la responsabilidad con que se ejerce el poder.
Todavía faltan casi tres años para el próximo recambio electoral. En términos políticos es una eternidad. Pero también puede convertirse en un período difícil si no se corrige el rumbo.
El presidente necesita recuperar la iniciativa. Y para ello resulta inevitable revisar el funcionamiento de su entorno más cercano. Los asesores están para anticipar problemas, no para explicarlos después de que ocurren.
Particularmente preocupante aparece el área de comunicación, incapaz hasta ahora de ordenar mensajes, prevenir controversias o transmitir una imagen de control y dirección.
Pero el desafío va más allá de la comunicación. Los gobiernos necesitan conducción política y también liderazgo emocional. Una de las responsabilidades fundamentales de cualquier líder consiste en transmitir confianza, convicción y ánimo a quienes lo acompañan.
Cuando predominan las explicaciones defensivas, las rectificaciones permanentes y la sensación de improvisación, el desgaste alcanza no solo al presidente sino a todo el equipo de gobierno.
La pregunta empieza a instalarse sola: ¿quién está cumpliendo hoy esa función dentro del gobierno? ¿Quién transmite seguridad, orden y horizonte? Porque cuando esa tarea queda vacante, no tardan en aparecer las dudas. Pocas cosas son más peligrosas que un vacío de liderazgo.
Pablo Melgar
