El despido de 25 trabajadores de Canal 12 no es únicamente un conflicto laboral. Es una noticia que habla de otra noticia más profunda: el desgaste de una industria tal como la conocimos durante décadas.
La televisión abierta, los diarios y las radios no están muriendo porque la gente haya dejado de interesarse por la información. Están mutando porque el modo de informarse cambió para siempre.
Nunca hubo tanta información circulando. Nunca fue tan fácil producirla, distribuirla y consumirla. Cada teléfono es una redacción potencial, un estudio de radio improvisado, un canal de televisión portátil.
La noticia ya no necesita imprentas, antenas ni estudios de grabación para llegar a millones de personas. Y, sin embargo, esa abundancia no resolvió el problema más antiguo del periodismo: distinguir lo verdadero de lo falso.
Los medios tradicionales padecen hoy los dolores de una transformación que no controlan. Este mismo diario, como tantos otros en el mundo, se está repensando.
La pregunta ya no es solamente cómo sostener una empresa periodística, sino cómo sostener un vínculo de confianza con una comunidad que recibe miles de mensajes por día, emitidos por personas que opinan, afirman, inventan, interpretan o simplemente repiten.
La credibilidad se ha convertido en un bien escaso. Antes competían los medios entre sí; ahora compiten con todo. Con un video de quince segundos, con una cadena de WhatsApp, con un influencer, con un algoritmo, con una inteligencia artificial.
La disputa ya no es por la primicia, sino por la confianza.
¿Cómo hace un ciudadano para separar lo importante de lo accesorio, lo serio de lo banal, lo comprobado de lo inventado? Esa es la gran cuestión de nuestro tiempo. Y todavía no tiene respuesta definitiva.
Pero hay algo que sí conviene recordar cuando se discuten despidos, crisis empresariales y reconversiones tecnológicas. La libertad de expresión necesita de la libertad de empresa. No existe un periodismo vigoroso sin organizaciones capaces de asumir riesgos, invertir, innovar y competir.
La empresa que no puede adaptarse termina desapareciendo, y esa es una regla dura, a veces injusta, pero inherente al capitalismo y a la libre iniciativa.
Eso no exime a las compañías de su responsabilidad. Una empresa periodística no es una fábrica cualquiera: trabaja con un insumo que sostiene parte de la vida democrática.
Por eso tiene la obligación moral de procurar empleo digno, salarios dignos y condiciones dignas. Cuando deja de poder hacerlo de manera sostenible, el problema no se resuelve negando la realidad, sino enfrentándola.
A veces eso significa reestructurar; otras, cerrar; y en ocasiones, dejar espacio para que surjan proyectos nuevos capaces de ocupar el lugar que los viejos ya no pueden sostener.
Los despidos de Canal 12 duelen por quienes pierden su trabajo. Pero también inquietan porque anuncian algo más amplio: el final de una etapa y el comienzo de otra cuya forma todavía ignoramos.
Los medios sobrevivirán de alguna manera. La información seguirá circulando. Lo que está en juego no es si habrá noticias mañana. Lo que está en juego es si mañana todavía habrá alguien en quien creer.
Pablo Melgar
