“Ningún hombre es héroe para su ayuda de cámara”. La frase suele atribuirse a una tradición que llega hasta Goethe y que José Ortega y Gasset recuperó con frecuencia para explicar una verdad incómoda: quien convive demasiado cerca de alguien termina viendo antes sus manías que sus méritos.
El ayuda de cámara conoce los bostezos, los olvidos, las torpezas domésticas, las pequeñas miserias de la condición humana. Y por eso le cuesta reconocer la grandeza. No porque sea incapaz de verla, sino porque la rutina la desgasta. La costumbre es un ácido lento: corroe el asombro.
Esa idea explica muchas cosas de la vida en las comunidades pequeñas.
Los pueblos, las ciudades chicas, los barrios donde todos saben quién fue el abuelo de quién, tienen una virtud enorme: la cercanía. Pero esa misma cercanía puede convertirse en una forma de ceguera.
Nos acostumbramos tanto a compartir el espacio con determinadas personas que dejamos de preguntarnos quiénes son realmente. El escritor es “el hijo de…”. La científica es “la muchacha que iba a tal escuela”. El empresario innovador es “el que jugaba al fútbol en la plaza”. El músico extraordinario es “el vecino de la esquina”.
Las comunidades pequeñas suelen producir personas excepcionales con más frecuencia de la que imaginan. Lo que ocurre es que rara vez las reconocen mientras viven entre ellas.
Hay un fenómeno curioso: cuando alguien triunfa lejos, entonces el pueblo lo adopta con entusiasmo. Aparecen los recuerdos, las fotografías antiguas, las anécdotas compartidas, el orgullo retrospectivo. De pronto todos sabían que era brillante.
Pero cuando todavía caminaba por la misma vereda, hacía las compras en el mismo almacén y esperaba el ómnibus con los demás, su talento parecía una excentricidad más del paisaje.
Tal vez confundimos igualdad con indiferencia. Como todos compartimos el mismo polvo, el mismo viento y las mismas dificultades, creemos que nadie puede sobresalir demasiado.
Sin embargo, las capacidades extraordinarias no necesitan grandes escenarios para nacer. Pueden crecer detrás de una ventana cualquiera, en una casa modesta, en un galpón, en un taller, en una biblioteca de barrio.
Reconocer el valor de quienes tenemos cerca es un ejercicio de inteligencia, pero también de generosidad. Significa admitir que el talento puede estar sentado a nuestra mesa, que la creatividad puede vivir a dos cuadras, que la persona que cambia una disciplina, una empresa, una escuela o una comunidad quizá sea alguien con quien nos cruzamos todos los días.
Las sociedades pequeñas tienen una ventaja sobre las grandes: conocen los nombres. Sería una pena que, por conocer demasiado los nombres, olvidaran mirar las personas.
Quizá Ortega y Goethe tenían razón. Ningún hombre es héroe para su ayuda de cámara.
Pero una comunidad no debería comportarse siempre como un ayuda de cámara. A veces conviene levantar la vista de la rutina y preguntarse si ese vecino, ese amigo o ese compañero de todos los días no es, precisamente, el crack que todavía no hemos aprendido a ver.
Pablo Melgar
