La visita de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, dejó una frase que merece ser tomada mucho más en serio de lo que suele ocurrir con las declaraciones de los organismos internacionales: “Protejan la estabilidad del país, pero tomen más riesgos en el mundo nuevo”.
Durante décadas, Uruguay construyó con esfuerzo una reputación de estabilidad. Esa estabilidad es un activo valioso y nadie sensato propone abandonarla. Pero existe otra verdad, menos cómoda, que Georgieva puso sobre la mesa y que el propio presidente del Banco Central, Guillermo Tolosa, reconoció: el exceso de cautela de los uruguayos se ha convertido en un freno para el crecimiento.
Esa afirmación no debe interpretarse únicamente como un debate macroeconómico sobre inflación, depósitos en dólares o política monetaria. Tiene una traducción concreta en la vida cotidiana: el pequeño comerciante que no consigue financiamiento para ampliar su negocio, el productor familiar que posterga una inversión, el taller que no incorpora maquinaria, el emprendedor que decide no contratar a un trabajador más porque el riesgo parece demasiado grande.
La economía real no se mueve por grandes discursos. Se mueve por miles de decisiones pequeñas tomadas cada día por personas que invierten sus ahorros, firman un alquiler, compran una herramienta, abren un local o contratan un empleado. Esa es la microeconomía. Y es allí donde Uruguay encuentra hoy uno de sus principales desafíos.
El sistema financiero uruguayo está abundantemente fondeado, pero buena parte de esos recursos permanece inmovilizada en depósitos líquidos y en moneda extranjera. En otras palabras, el ahorro existe, pero no llega con suficiente fuerza a quienes producen, comercian y generan empleo. El resultado es un país seguro, sí, pero también un país que muchas veces crece menos de lo que podría.
Defender a los pequeños empresarios no es defender privilegios. Es defender el tejido económico que sostiene a las ciudades del interior, a los barrios de Montevideo y a buena parte del empleo nacional. Las grandes inversiones son importantes, pero ninguna economía prospera de manera sostenible si descuida a quienes abren una panadería, una empresa de servicios, un comercio, un emprendimiento tecnológico o un pequeño establecimiento agropecuario.
La estabilidad macroeconómica solo adquiere verdadero sentido cuando se transforma en oportunidades para la microeconomía. De poco sirve exhibir buenos indicadores si el crédito no llega, si el costo de crecer resulta excesivo o si el temor a perder termina paralizando la iniciativa privada.
Uruguay necesita una cultura económica que valore más el emprendimiento y menos la inmovilidad. Necesita instituciones sólidas, reglas claras y un Banco Central independiente, pero también un entorno donde asumir riesgos razonables no sea una excepción heroica sino una conducta normal.
El mensaje del FMI puede resultar paradójico: el organismo históricamente asociado a los grandes equilibrios fiscales vino a recordar que el crecimiento depende, en buena medida, de los pequeños. La verdadera fortaleza de un país no se mide solo por sus reservas internacionales o por su inflación controlada; también se mide por la cantidad de personas dispuestas a crear una empresa, invertir en su comunidad y apostar por el futuro.
Si Uruguay quiere aprovechar su potencial logístico, tecnológico y regional, deberá hacer algo más que preservar lo logrado. Tendrá que liberar la energía de sus pequeños empresarios y emprendedores. Porque, al final, la economía de un país no es otra cosa que la suma de miles de microeconomías. Y cuando ellas prosperan, prospera el país entero.
Pablo Melgar
