Hace un año, Lavalleja vivía un hecho político sin precedentes. Por primera vez el Frente Amplio llegaba al gobierno departamental. Menos de 100 votos marcaban la diferencia entre la izquierda y el peor Partido Nacional de la historia. La gestión de Mario García había perdido 8.000 votos de una elección a otra. El cirujano Daniel Ximénez se hacía cargo de administrar la Intendencia de Lavalleja.
Gobernar, sin embargo, exige mucho más que ganar una elección. Doce meses después, el balance deja más interrogantes que certezas.
El gobierno ha dedicado buena parte de su primer año a explicar la pesada herencia recibida. Es razonable que una nueva administración realice diagnósticos y ordene las cuentas.
Lo que deja de ser razonable es que el diagnóstico se convierta en una explicación permanente para la ausencia de resultados. Los ciudadanos votan para resolver problemas, no para administrar excusas.
La gestión quedó rápidamente marcada por la salida de trabajadores, la reducción de contratos y los conflictos con los funcionarios municipales.
Eso que contó con un sindicato amable. ADEOM debe ser el único sindicato del mundo que pierde puestos de trabajo y no hace ni un día de paro. Inexplicable.
Un gobierno puede tomar decisiones difíciles, pero nunca debería perder la sensibilidad frente a las consecuencias humanas de esas decisiones.
Acá un gris funcionario político miró a los ojos a cada uno de los trabajadores que luego echó. Les preguntó su nombre, integración familiar, formación y gustos.
Después eligió a quién echar.
Tal vez sintió alivio porque estaba echando a votantes de otro partido político. Estaba echando blancos. Todos pobres, tal vez los más pobres del departamento. Así se alivia.
Al mismo tiempo, mientras aplicaba estos sacrificios humanos, la administración impulsó una “reestructura” que incrementó los contratos por confianza.
Así nació “el Club de los $ 100.000”.
Esa contradicción fue imposible de disimular. Resulta difícil pedir austeridad cuando el propio gobierno amplía su estructura política.
Hablan de capacidades técnicas y agregan dos pequeños KGB, una organizadora de eventos de conocimientos desconocidos y un sabiondo financiero de grueso bigote y 220.000 pesos mensuales en el bolso.
La transparencia, una de las principales banderas de campaña, logró quedar al margen de la polémica.
Una denuncia presentada ante la JUTEP y otros episodios administrativos instalaron dudas que el Ejecutivo debió despejar con mayor rapidez y convicción.
La confianza pública no se exige; se construye todos los días.
Lo primero es el diálogo, pero Ximénez habla con poca gente. Regularmente, no ofrece entrevistas a los medios periodísticos. Ni siquiera atiende a los medios afines. Nunca concedió una entrevista a los diarios locales, eso que hay tres en circulación.
Tampoco habla con la oposición. De vez en cuando se reúne con una de las líneas coloradas que le es más funcional.
Tanto Ximénez como Mario García parecen estar jugando el partido de la polarización departamental.
Es evidente que buscan que la disputa del poder local quede entre ellos. Ximénez se ha dedicado a fustigar la gestión pasada. García se hizo elegir presidente de la Departamental Nacionalista para jugar de antagonista.
Nada bueno saldrá de ese choque.
En materia de gestión, el departamento continúa esperando obras transformadoras, mejoras sustanciales en los servicios y una agenda capaz de cambiar el clima de estancamiento que desde hace años preocupa a Lavalleja.
También espera que algunos servicios se cumplan con cierta normalidad, como el Parque Rodó. Dicen que no hay personal con el conocimiento suficiente para alimentar cabritos. Y lo ponen por escrito.
El gobierno puso sobre la mesa la necesidad de discutir el estado financiero de la Intendencia. La tradicional modestia comunal quedó de manifiesto cuando se les ocurrió generar cargos de salarios altos.
La segunda mitad del año será una verdadera tortura para los administradores de la caja municipal. Se están quedando sin fondos y enero, el mes de mayor recaudación, está quedando muy lejos.
Pero hay algo que falta aún más en Lavalleja: política. Hace pocos días el intendente Ximénez fue asaltado por un cronista montevideano. Le preguntó por los blindados para la Policía. Titubeó, pero respondió: “estoy de acuerdo”.
Nadie sabía la opinión de Ximénez sobre los blindados. Ni los que deberían saberla.
La gestión política de una intendencia requiere de gestión política. Hablemos de acumular fuerzas y buscar refuerzos que, en definitiva, jugarán para Lavalleja. Estamos solos.
La historia demuestra que las administraciones no son recordadas por sus diagnósticos, sino por las transformaciones que dejan.
El tiempo de explicar ya pasó. Comienza el tiempo de ejecutar.
Daniel Ximénez todavía tiene cuatro años por delante para corregir el rumbo, recuperar la confianza y demostrar que el cambio prometido puede traducirse en hechos.
Porque la paciencia de la ciudadanía no es infinita, y la historia política de Lavalleja suele ser mucho más exigente con quienes gobiernan que con quienes hacen campaña.
Pablo Melgar
