Hace unos días se presentó el libro infantil “Mi amigo Pepe”, una obra que busca acercar la figura de José Mujica a los niños. Respeto el derecho de cualquier autor a escribir sobre quien considere importante, pero también creo que la sociedad tiene derecho a preguntarse qué mensaje se transmite cuando se elige como protagonista de un libro infantil a una figura cuya vida estuvo marcada por episodios que ningún niño está en condiciones de comprender.
Una sociedad debe enseñar la historia con toda su complejidad. Cuando se presenta a una figura política a niños de edad escolar mediante un relato amistoso y cercano, existe el riesgo de construir una imagen idealizada antes de que esos niños tengan la madurez suficiente para conocer y comprender los aspectos más controvertidos de esa persona.
Si para que un libro infantil resulte apropiado es necesario omitir una parte fundamental de la vida del protagonista, quizás ese protagonista no sea el más adecuado para convertirse en un personaje infantil.
José Mujica no es solamente un expresidente. Antes de ocupar ese cargo integró una organización armada que recurrió a la violencia política. Esa realidad forma parte de su historia y no puede separarse de su biografía. Si esa etapa debe dejarse de lado porque resulta imposible explicarla a un niño sin desvirtuar los hechos, entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué convertir justamente a esa persona en un personaje infantil? ¿Cuál es la idea de fondo?
En lo personal, me cuesta creer que esta elección sea completamente inocente. No afirmo que exista una estrategia política, porque no tengo forma de demostrarlo. Pero tampoco creo que sea ingenuo preguntarse si detrás de este tipo de iniciativas existe la intención de instalar, desde edades muy tempranas, una imagen afectiva y positiva de una figura política profundamente controvertida.
Es evidente que los niños de hoy serán los ciudadanos de mañana. Esa primera imagen que reciben de un personaje histórico suele permanecer mucho tiempo en la memoria. Por eso considero que, cuando esa primera imagen es amable, cercana y despojada de los aspectos más polémicos de su vida, se está construyendo deliberadamente un determinado relato. Cada uno podrá sacar sus propias conclusiones sobre el propósito de ese relato. La mía es que difícilmente se trate de una decisión casual.
No cuestiono que José Mujica sea estudiado en los libros de historia. Todo lo contrario: creo que debe estudiarse. Lo que cuestiono es que se lo presente como “Mi amigo Pepe” a niños que todavía no poseen las herramientas para comprender quién fue en toda la dimensión de su trayectoria.
La historia no puede enseñarse por partes cuando esas partes cambian el sentido del personaje. Adaptar el lenguaje para un niño es una cosa; transformar una biografía compleja en un relato entrañable es otra muy distinta.
Esta es una opinión estrictamente personal, y quiero que quede claro. Pero estoy convencido de que las sociedades democráticas también se fortalecen cuando se animan a debatir qué historias les cuentan a sus niños, qué partes eligen mostrar y cuáles deciden dejar en silencio.
Tengo la sensación de que algunos sectores hace rato dejaron de debatir la historia para empezar a administrarla. Resaltan lo que conviene, silencian lo que incomoda y construyen relatos funcionales a una determinada visión política. La historia merece mucho más respeto que eso, especialmente cuando quienes la reciben por primera vez son los niños.
Gustavo Suárez
