Por Pablo Melgar
Hace treinta años, el 13 de julio de 1996, fallecía Pedro Zabalza Arrospide. Con él desaparecía una generación de dirigentes para quienes la política no era una profesión sino una obligación cívica, ejercida con convicciones que resistieron las derrotas y las tragedias personales.
Nacido en Minas en el año 1913, abogado y escribano, muy temprano entendió los dolores humanos como pocos. Participó activamente del Movimiento Ruralista, de los cabildos abiertos y de la Liga Federal de Acción Ruralista, espacios desde los que contribuyó a moldear un pensamiento que marcaría buena parte de la política uruguaya de mediados del siglo XX.
Su primera gestión como intendente de Lavalleja, entre 1951 y 1954, dejó una impronta desarrollista. Impulsó la urbanización de la ciudad de Minas, promovió mejoras en los barrios obreros, abrió nuevas avenidas y destinó recursos a la caminería rural, entendiendo que el progreso del departamento dependía tanto de la ciudad como del campo.
La elección nacional de 1958 lo proyectó al primer plano político. Fue electo integrante del Consejo Nacional de Gobierno, órgano colegiado que entonces ejercía el Poder Ejecutivo, y también presidente del Consejo Departamental de Lavalleja.
Sin embargo, su paso por el Ejecutivo fue breve y revelador de su carácter: renunció una vez aprobada la Ley de Reforma Cambiaria impulsada por Juan Eduardo Azzini. Volvió a su pueblo a ocupar responsabilidades de la localidad.
En 1962 volvió a recibir el respaldo de los lavallejinos para ocupar la Intendencia, pero optó por representar al departamento en el Senado. Años después, desde el Movimiento Por la Patria, fue uno de los principales impulsores de la candidatura de Wilson Ferreira Aldunate, con quien compartió una visión profundamente republicana del Partido Nacional.
Su vida pública estuvo atravesada por un drama íntimo que nunca utilizó como argumento político. Sus hijos integraron el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. En 1969 debió reconocer el cuerpo sin vida de Ricardo Zabalza, muerto durante la toma de Pando. Poco después, la dictadura convirtió a su hijo Jorge en uno de los llamados “rehenes”.
Pedro Zabalza recorrió durante años cuarteles y establecimientos militares para visitarlo, soportando humillaciones y vejámenes que jamás quebraron su dignidad.
Tras el golpe de Estado de 1973 fue una de las referencias del Partido Nacional en la resistencia democrática. Sin estridencias, sostuvo una conducta que le ganó respeto incluso entre quienes discrepaban con sus ideas.
Con el retorno de la democracia volvió a la batalla política. En 1984 fue nuevamente candidato a la Intendencia y su lista resultó la más votada dentro del Partido Nacional. Cinco años más tarde, su caudal electoral sería decisivo para que el nacionalismo recuperara el gobierno departamental de Lavalleja.
Pedro Zabalza perteneció a una estirpe de dirigentes cuya autoridad descansaba más en el ejemplo que en el discurso. Defendió con igual convicción el desarrollo del interior, la institucionalidad republicana y la libertad política.
Su biografía contiene las grandezas y los dolores del Uruguay del siglo XX. Para Lavalleja fue el último dirigente en conseguir espacios políticos nacionales. Nunca nadie como él, nacido en Minas, logró estar en una posición tan relevante. Será por eso que lo olvidan.
