Hasta el momento, Lavalleja no tiene playas capaces de atraer al turismo internacional. Tampoco dispone de aguas termales que inviten a los estresados del mundo a refugiarse en el calor subterráneo. No hay mar. No hay termas.
Entonces, ¿qué tiene nuestro departamento? Paisaje. Verde. Mucho verde.
Y no es poca cosa. Circular entre paisajes naturales o detenerse a contemplarlos mejora la calidad de vida. El paisaje no es únicamente aquello que se observa desde la ventanilla del automóvil o desde la cima de una sierra. También es una experiencia. Una forma de descanso. Una pausa para los ojos y, acaso, para el espíritu.
Pero cualquiera puede entender que vender paisaje no es lo mismo que vender sol y playa. Ni termas. La playa se explica sola. El agua caliente también. El paisaje, en cambio, exige que alguien lo cuente.
Y antes de contarlo, hay que conservarlo. Porque el paisaje no desaparece únicamente cuando llega una excavadora. También se va perdiendo de a poco, casi sin que nadie lo advierta. Una construcción aquí. Una forestación allá. Una industria más adelante. Un camino que modifica el entorno. Una vivienda rural que no encuentra reglas claras. Cada intervención puede ser legítima. El problema aparece cuando nadie se ocupa de pensar en el conjunto.
La humanización del paisaje es inevitable. Y, en muchos casos, necesaria. Lavalleja necesita industrias, producción forestal, viviendas rurales y actividad económica. También necesita que las personas puedan convivir con la naturaleza de una manera distendida, sin convertirla en un decorado intocable.
Tiene que haber lugar para todos. Pero debe haber reglas. Y Lavalleja no tiene reglas claras en materia de paisaje.
La afirmación puede leerse de otra manera, quizá más sencilla y más inquietante: los paisajes de Lavalleja no tienen quién los cuide. La legislación debería aportar líneas de acción para proteger una riqueza que, paradójicamente, puede convertirse en víctima de su propio éxito. Porque cuanto más atractivo se vuelve un paisaje, mayor es la presión para ocuparlo, transformarlo y explotarlo.
La sostenibilidad ambiental no puede ser solamente un relato. Tiene que traducirse en decisiones concretas sobre el territorio. Mientras eso ocurre -si alguna vez ocurre- también se pueden hacer otras cosas. Por ejemplo, registrar el paisaje.
Lavalleja debería destinar recursos para que se filme en el departamento, con prioridad en el paisaje. Maldonado, Canelones y Montevideo ya tienen presupuestos para promover producciones audiovisuales. Parece lógico que Lavalleja también pueda hacerlo. Cada película, cada serie, cada documental que muestre nuestras sierras, nuestros caminos y nuestros horizontes puede convertirse en una forma de promoción turística mucho más poderosa que una campaña publicitaria convencional.
Pero para eso también hay que decidir qué imágenes representan a Lavalleja. No todo paisaje es una imagen turística. Y no toda imagen turística sirve para construir una identidad.
En publicidad existe una expresión para designar la imagen principal de una campaña: hero image. La imagen protagonista. Aquella que concentra la mirada y resume, en una sola escena, todo lo que se quiere contar.
En Minas, esa imagen tiene un nombre: Nelson Farías.
El recientemente fallecido óptico y fotógrafo fue uno de los primeros en comprender que el paisaje no se fotografía simplemente porque está allí. Hay que esperarlo. Buscar una hora determinada. Una luz particular. Una intensidad precisa. Un momento en el que las sierras, los árboles, los caminos y el cielo dejen de ser solamente elementos del territorio y se conviertan en una imagen capaz de permanecer en la memoria.
Después llegaron otros fotógrafos. Y seguramente llegarán más. Todos ellos pueden hacerle mucho bien a la difusión de los paisajes lavallejinos.
Ahora que vivimos en el tiempo de las imágenes, Lavalleja necesita comenzar a mirar su paisaje con un poco más de profesionalismo. No alcanza con fotografiar lo que tenemos. Hay que decidir qué queremos mostrar. Cómo queremos mostrarlo. En qué momento. Con qué calidad. Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a hacer para que aquello que mostramos siga existiendo.
Porque el paisaje no es un recurso infinito. Puede perderse. Y cuando se pierde, no siempre vuelve.
Todos somos responsables. Los gobernantes que deben establecer reglas. Los empresarios que intervienen sobre el territorio. Los propietarios que transforman sus campos. Los fotógrafos que registran lo que todavía existe. Y también quienes miramos.
Porque, a veces, para empezar a cuidar algo, primero hay que aprender a verlo.
Pablo Melgar
