Por Yandira Castro
La noticia recorrió Minas de punta a punta en cuestión de minutos. El domingo 12 de julio, el sorteo del 5 de Oro dejó una de las mayores alegrías económicas que recuerda el departamento: una de las dos apuestas ganadoras del Pozo de Oro fue vendida en la Agencia Nº 9 de Lavalleja y permitirá que un apostador local se lleve 25.620.364 pesos, al compartir el premio con otra boleta jugada en Young, departamento de Río Negro.
Los números favorecidos fueron 04, 10, 13, 23 y 27, con bolilla extra 26. El Pozo de Oro acumulaba en total $ 51.240.728, que se repartieron entre los dos únicos acertantes.
Pero detrás del boleto ganador hay una historia que emociona tanto como el premio.
La historia de Luis Olivera, un hombre que lleva prácticamente toda una vida trabajando en la misma esquina y que, después de casi seis décadas de oficio, pudo decir por primera vez que vendió un Pozo de Oro del 5 de Oro.
ESQUINA QUE CAMBIÓ DE HISTORIA, NO DE PROTAGONISTA
Quienes transitan habitualmente por la esquina de Treinta y tres y Domingo Pérez saben que allí hubo durante años un lugar emblemático de la ciudad: el restaurante “El Ombú”. La firma gastronómica ya no está. Sin embargo, hay alguien que sigue firme en ese mismo lugar desde hace décadas.
Ese es Luis Olivera.
Con 59 años como canillita y más de tres décadas vendiendo jugadas para la banca, se ha convertido en un personaje entrañable para generaciones de minuanos. Su presencia forma parte del paisaje cotidiano y de la memoria colectiva de la ciudad.
Esta vez, además, quedó ligada para siempre a una de las mayores alegrías que ha dado el azar en Lavalleja.
Desde que se confirmó que el boleto ganador había sido vendido por él, el teléfono no dejó de sonar. Saludos, felicitaciones, abrazos y muestras de cariño se sucedieron durante toda la jornada.
“No fue fácil”, reconoce entre risas al recordar el movimiento que generó la noticia.
CASI 60 AÑOS ESPERANDO EL MOMENTO
En diálogo con SERRANO, Olivera contó que, pese a haber entregado anteriormente premios menores, nunca había vendido el premio mayor del 5 de Oro. “Es la primera vez”, resume con satisfacción.
Una frase sencilla, pero cargada de significado para alguien que lleva prácticamente toda una vida detrás del mostrador improvisado de la calle.
Durante todos estos años vendió miles y miles de apuestas. Vio pasar generaciones enteras de clientes, celebró pequeños premios y acompañó incontables ilusiones. Sin embargo, el gran pozo siempre parecía esquivarlo.
Hasta ahora.
UN CLIENTE DE TODOS LOS DÍAS
Luis Olivera también reveló un dato que despertó aún más curiosidad entre los vecinos. El ganador no fue un desconocido ni un turista ocasional. Se trata de un cliente habitual, una persona que juega regularmente y realiza siempre una jugada fija.
Como corresponde en estos casos, mantuvo absoluta reserva sobre la identidad del afortunado, respetando el anonimato que rodea a este tipo de premios.
UNA VIDA ENTERA EN LA CALLE
La historia de Luis Olivera comienza mucho antes de vender apuestas. Su relación con el trabajo nació siendo apenas un niño. “Empecé a vender diarios a los seis años”, recordó.
Fue gracias al impulso de su padre y al apoyo de su madre. Cuenta que un comerciante del barrio le propuso comenzar con la venta de diarios, y aquella oportunidad terminó marcando toda su vida.
Su padre trabajaba vendiendo caramelos en bandeja y él comenzó a acompañarlo desde muy pequeño, aprendiendo el valor del esfuerzo cotidiano.
Desde entonces nunca abandonó la calle. Primero fueron los diarios. Después llegaron las revistas. Más tarde, hace unos treinta años, comenzó también a vender jugadas para la banca.
Y así fue construyendo una trayectoria basada en la constancia, el trato cercano y la confianza de la gente.
EL RECONOCIMIENTO DE UNA CIUDAD
Más allá del premio millonario, Olivera asegura a SERRANO que lo que más lo emocionó fue el cariño recibido.
Durante toda la jornada fue saludado por vecinos, clientes y amigos que compartieron con él la alegría de haber sido quien entregó la apuesta ganadora.
“Se reconoce una vida trabajando en el mismo lugar”, expresó con humildad.
Esa frase resume buena parte de la historia.
Porque Luis no es solamente el vendedor del boleto ganador.
Es el hombre que durante casi sesenta años saludó a generaciones enteras desde la misma esquina, que vio cambiar la ciudad, cerrar comercios históricos, crecer familias y pasar miles de personas frente a su puesto.
LA SUERTE PASÓ POR LAVALLEJA
Mientras el ganador seguramente comienza a imaginar cómo cambiará su vida con más de 25 millones de pesos, en Minas también hay otra historia que merece ser celebrada.
La de un trabajador que dedicó casi toda su existencia a un mismo oficio y que, después de décadas de vender ilusiones, finalmente pudo entregar la más grande de todas.
En una ciudad donde muchos lo conocen simplemente como “Luis, el canillita”, la fortuna encontró el camino hasta una esquina histórica de Minas y convirtió una jornada cualquiera en un día que quedará para siempre en la memoria de Lavalleja.
