La memoria no pide permiso. Llega. Abre una puerta que uno creía cerrada y devuelve un olor, una voz, una noche. Entonces el tiempo deja de ser una línea y se convierte en un patio.
Tengo cuarenta y siete años. Hace casi veinte que vivo en Montevideo, pero hay una parte de mí que sigue caminando por las calles de Minas. La infancia tiene esa obstinación: nunca se muda del todo.
Debía tener siete u ocho años cuando mis padres me llevaron a escuchar al general Seregni. No sé si entendía quién era. Sí recuerdo la sensación de estar frente a alguien conocido. Los niños no conocen el poder, pero reconocen la fama.
Mi memoria lo ubica en el viejo local del Partido Comunista, sobre Treinta y Tres, casi Rodó. Una casona con un patio abierto.
La luz era escasa. Había humo de chorizos sobre un medio tanque, vino servido desde damajuanas y conversaciones que seguramente hablaban del país con la intensidad con que entonces se hablaba de política.
Un comité de esos que hoy parecen pertenecer a otra civilización.
Hay recuerdos que sobreviven porque son detalles.
De Seregni no recuerdo un discurso.
En cambio, recuerdo la camisa impecablemente planchada. El pantalón sin una arruga. El bigote perfectamente recortado. El porte de un militar que nunca dejó de serlo, aun cuando eligió otro uniforme: el de la política de izquierda.
También vuelven los rostros.
Vecinos que ya murieron. Militantes que gastaron su vida detrás de una idea. Hombres y mujeres convencidos de que la historia podía doblarse con las manos. Merecen respeto, aunque uno nunca haya compartido su destino político.
Yo jamás voté al Frente Amplio. Mis emociones y mis razones caminaron siempre por otros caminos. Pero la memoria tiene una autonomía que no entiende de credenciales partidarias. Conserva aquello que la impresionó y lo devuelve cuando quiere.
Por eso, cuando el miércoles vi que en la Junta Departamental de Lavalleja colocaban un retrato de Seregni, aquella escena de la infancia regresó sin avisar.
Hice un ejercicio imposible.
Busqué entre aquellos recuerdos al hoy intendente, Daniel Ximénez. Intenté encontrar a la presidenta departamental del Frente Amplio, Rossana Jaimés. Quise descubrir al presidente de la Junta, Mauro Álvarez.
No estaban. Claro que no estaban.
Los años hacen esas bromas. Mientras Seregni hablaba en Minas, Ximénez probablemente soñaba desde el batllismo. Jaimés todavía transitaba la escuela o el liceo. Álvarez era apenas un sueño en el futuro de una familia floridense.
Las fotografías también cuentan historias. Y el lugar donde se cuelgan dice tanto como la imagen misma.
La instalación del retrato tuvo algo de rito fundacional. Como si una generación quisiera decir: llegamos. Toda comunidad política necesita dejar señales de su tiempo. A veces son leyes. A veces son monumentos. A veces un cuadro en una pared.
La ceremonia tuvo, además, esa mezcla tan uruguaya entre solemnidad y pequeñas contradicciones.
Hablaron tres dirigentes del MPP. El diputado Javier Umpiérrez, Jaimés y Álvarez. Después, Daniel Ximénez evocó a Seregni recordando una dificultad para pronunciar la palabra “consenso”, una imperfección humana.
Más tarde, el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, celebró que la decisión hubiera sido adoptada “por unanimidad”. La política, sin embargo, siempre introduce matices: la resolución fue aprobada por votos de todos los partidos, aunque algunos ediles nacionalistas optaron por no acompañarla.
El cierre correspondió a la vicepresidente, Carolina Cosse.
Bajo un tapado largo y oscuro, habló con emoción contenida y ensayó una definición que trasciende a los partidos: dijo que Seregni pertenece a todos los uruguayos, del mismo modo que pertenecen a todos “el viejo” Batlle y Ordóñez o Wilson Ferreira Aldunate.
Al final quedó la imagen.
El retrato de Seregni frente al de José Artigas.
¿No será mucho?
Y yo, mientras tanto, sigo viendo aquel patio de una casona de Minas, el humo entre los chorizos, las damajuanas, la camisa perfectamente planchada de un general y el asombro de un niño que todavía no sabía que, muchas veces, la memoria termina contando mejor una época que los propios historiadores.
Pablo Melgar
