Los productos chacinados, los chocolates artesanales, la dolomita, la harina, la cal viva, las parrilladas, el mármol, el cartón y los zapatos tienen algo más en común que haber formado parte de la identidad económica de Minas. Todos dejaron de producirse. Y ninguno cayó derrotado por la competencia china ni por una guerra internacional de subsidios.
Simplemente desaparecieron.
La lista parece menor hasta que se observa lo que representa: industrias, oficios, cadenas de valor, empleos estables y una forma de organización social que durante décadas sostuvo a una ciudad entera.
Los más veteranos todavía recuerdan el ritmo económico de otras épocas. Cuando pagaba Mina Valencia, el Centro se llenaba.
Cada cierre fue desplazando el eje económico hacia otro lugar, hasta llegar al presente: una ciudad donde el ingreso más constante parece provenir de las jubilaciones.
No se trata de romantizar el pasado ni de ignorar que toda economía cambia. El problema es otro: cuando una actividad desaparece y nada la reemplaza, el resultado no es transformación; es retroceso.
La pregunta incómoda es por qué producir en Minas dejó de ser atractivo.
Uruguay se acostumbró a hablar de servicios, turismo, logística y exportaciones agropecuarias, pero abandonó progresivamente cualquier conversación seria sobre industrialización territorial.
En ese contexto, ciudades del interior como Minas quedaron atrapadas entre costos elevados, distancia de los grandes mercados y escasos incentivos para generar valor agregado.
¿Dónde está hoy la ventaja competitiva de instalar una planta industrial en Lavalleja?
¿Qué argumento económico podría ofrecer la ciudad frente a Montevideo, Maldonado o incluso otros departamentos?
Mientras tanto, ocurrió otro fenómeno silencioso: la emigración del capital humano. Una parte importante de la juventud más preparada encontró oportunidades fuera del departamento. No por falta de afecto por su tierra, sino porque el sistema terminó premiando irse.
Y cuando una ciudad pierde industrias y pierde jóvenes, empieza a perder también expectativas.
Este no es un problema exclusivo de Minas. Pero en Minas se siente con más fuerza porque existió una tradición productiva que todavía permanece en la memoria colectiva.
Por eso quizás haya llegado el momento de revisar algunos consensos. No para volver al siglo pasado ni para repetir recetas agotadas, sino para discutir qué modelo de desarrollo quiere el interior uruguayo para las próximas décadas.
Porque las comunidades no desaparecen de un día para otro. Primero dejan de producir. Después dejan de retener talento. Finalmente dejan de imaginar futuro.
Todavía estamos a tiempo de evitar ese último paso.
Pablo Melgar
