Uno de los mayores dolores de cabeza con los que uno se tropieza como investigador es la frustración de chocar contra afirmaciones al aire, datos tirados sin red y una total falta de trazabilidad para con ellos. Esto no ocurre solo entre aficionados ni investigadores historiográficos; es un vicio que tristemente se cruza incluso en la obra de historiadores consagrados, académicos y de renombre.
Sin ir más lejos, al revisar el trabajo de figuras como Aníbal Barrios Pintos, entre otros, uno se topa con recurrentes flaquezas metodológicas: fotografías a las que se les desconoce el autor, la época o el origen exacto de donde fueron extraídas o datos y secuencias cronológicas que no parecen cuadrar con las fuentes primarias.
Lamentablemente, hay historiadores y autores que para ciertas cosas citan con prolijidad, pero para otras simplemente repiten fórmulas sin que se sepa de dónde sacaron la información o cómo llegaron a tal conclusión, desembocando a veces en afirmaciones que terminan siendo falsas al no poder comprobarse o incluso al comprobarse. Y lo que es verdad es lo que se comprueba; siempre es así.
Pero el problema de fondo no es exclusivo de los libros académicos; es un reflejo de un vicio social mucho más amplio. Y hiera a quien hiera, hay que erradicar un error recurrente: jerarquizar el bien y creer que el rigor, la cita o el respeto por la procedencia son un monopolio de la universidad, de la profesionalización académica o simplemente creer que es tomarse una molestia o hacer un favor.
Parece que nos hubieran convencido de que hacer las cosas bien, buscar de dónde viene la información y fundamentar lo que se dice es un conocimiento esotérico que solo se enseña en una facultad o que requiere un título colgado en la pared o que solo es un gesto circunstancial. Eso es un error tremendo.
Si hay algo que debemos dejar de hacer es privatizar el sentido común y la honestidad intelectual, principios universales que ya existían antes que las escuelas, liceos y universidades como las conocemos hoy. Estas simplemente las fomentan y e invitan a que se perfeccionen.
La instrucción es el pilar del progreso de los pueblos, por supuesto, pero la exigencia de la procedencia -entender que nada viene de la nada y que todo tiene un origen verificable- debería ser una normalidad cotidiana. No hace falta pasar por una academia para entender que, si alguien afirma algo, tiene que poder sostenerlo con pruebas, ni tampoco requiere un doctorado advertir que copiar y pegar sin dar crédito es, sencillamente, faltar a la verdad, no importa el contexto ni el ámbito. Desde la etapa escolar y en los propios años de bachillerato, los buenos y conscientes maestros y profesores siempre nos recuerdan la obligación fundamental de buscar información en fuentes confiables y explicitar su origen.
El sentido común de la prueba en la vida cotidiana:
No necesitamos ir a la universidad para entender cómo funciona esto, porque la lógica de la procedencia y la demostración nos acompañan desde la infancia. La importancia de la honestidad nos la enseñan nuestros padres desde que somos pequeños y asistimos al jardín de infantes, de no acatarla ni cumplirla, sufrimos las consecuencias como es esperable.
Lo vemos de forma cristalina en la escuela o en el liceo, cuando hay un problema en el patio o en el aula y alguien debe defenderse, la carga de la prueba es la que determina el juicio. No basta con decir que “fulano te insultó” o “te robó la cartuchera”; hay que poder demostrarlo ante la maestra, la directora o el profesor. Lo mismo ocurre cuando rendimos un examen: los profesores no ponen notas al azar, sino que tienen un margen y un método basado en libros académicos y respuestas verificables para comprobar si el alumno realmente estudió.
En la vida cotidiana, la carga de la prueba es definitiva y decisiva. Y exactamente lo mismo pasa con la información y la historia: si alguien afirma algo, la carga de demostrar su procedencia recae enteramente sobre quien lo enuncia.
Copiar datos no es investigar: la diferencia entre recopilar y analizar
Aquí es donde se comete el error más común: copiar datos, jugar con ellos, coleccionarlos, ordenarlos o enumerarlos, lisa y llanamente no convierte en investigador a nadie.
La línea entre una mera recopilación de datos y una investigación real suele confundirse por su delgadez, pero la distancia metodológica es abismal. Investigar de verdad es un proceso mucho más esforzado, serio y complejo que exige método, objetivos claros, análisis riguroso y contraste permanente, uso transparente de fuentes. Los datos por sí solos no indican ninguna verdad; son apenas indicios. Para entenderlo con un ejemplo cercano, pensemos en los volátiles relatos orales de las familias o en las leyendas urbanas (como la famosa historia de la “mirada de Clarita” en el Museo Blanes), al no estar objetivamente comprobadas, funcionan como un relato o un indicio cultural, pero jamás como una verdad demostrada. Nunca se puede confundir un indicio, un dato o un relato con la verdad misma.
El espejismo del dato aislado: pistas, no tesoros ni verdades
A esto se le suma otro mal muy propio de nuestro tiempo: la creencia casi mágica de que un dato es una evidencia por el simple hecho de ser un dato. Hoy en día, en el debate público y en cualquier ámbito cotidiano, parece que se ha masificado el uso de la palabra “dato”, pero se ignora por completo su naturaleza. Escuchamos frases hechas como “los datos demuestran esto” o “acá están los datos”, como si un número o un registro suelto tuvieran la verdad absoluta esculpida en piedra.
La realidad metodológica es muy distinta. Como bien entienden la teoría de la información y la epistemología crítica, un dato por sí solo no dice absolutamente nada de manera concluyente. Los datos son pistas, pero no son verdades por la fuerza. Un dato es simplemente un punto en el mapa, un alfiler clavado en la nada. Hasta una mentira puede formularse en forma de dato, lo mismo que un chisme, un rumor. Cualquier punto en el mapa sobre lo que sea, es un dato. No por nada, dato y verdad no son sinónimos en ningún diccionario.
Un dato aislado jamás te indica dónde está el tesoro por sí solo; por algo los famosos mapas constan de múltiples pasos, articulaciones y contextos metodológicos. La «X» que marca un punto en el papel es apenas una coordenada aproximada que carece de valor si no se puede trazar el camino completo que llevó hasta allí.
Por más que nos quieran vender que un relato o una causa se sostiene porque “hay datos”, si esos datos carecen de transparencia metodológica, de trazabilidad, razonabilidad y de contraste con la realidad, no son más que decorados vacíos (Daniel Levitin, 2017, Talks At Google, Weaponized Lies: How to Think Critically in the Post-Truth Era. Levitin insta a darle más importancia al pensamiento crítico en una era de tanta desinformación). El dato no se convierte en evidencia ni en verdad hasta que se comprueba su procedencia y su articulación lógica.
La falacia más usada:
Es muy común escuchar la frase hecha de que “la historia es de todos” o “la información es de todos” para justificar la falta de rigor o la apropiación desprolija de trabajos y materiales ajenos.
Sin embargo, hay que hacer una distinción semántica fundamental: la historia y la información es para todos (como un bien cultural y de acceso público), pero no es de todos (como si fuera un botín de guerra que cualquiera puede saquear, manosear y desfigurar sin rendir cuentas). No es que todos sean dueños lo primero que leen o ven, porque eso es ridículo.
Lo irónico es que aquellos que se escudan en que “la historia no es de nadie” para no dar crédito a la fuente original, terminan incurriendo en la misma contradicción que pretenden criticar: se apropian de un trabajo ajeno ocultando su procedencia, lo mismo que con las fuentes primarias, tienen la misma conducta con cualquier dato que les parezca útil, rompiendo con la tan necesaria procedencia que rompe la desinformación y las mentiras.
Aquí el centro de la cuestión no es un debate abstracto sobre la propiedad, sino el respeto absoluto por la procedencia, infinitamente mayor a discusiones de propiedad.
Pretender usar el trabajo de investigación de otros o documentos primarios (públicos o privados) sin respetar el origen es tan absurdo como creer que, porque el escampado de Don Nepomuceno en Molles de Gutiérrez está abierto y sin vigilancia, uno puede entrar su caballo para comerse el pasto, sin que el pasto y el campo pertenezcan a quien los cuida y trabaja. Incluso, la información estatal tiene procedencia que deba respetarse y explicitarse. La publicidad o privacidad o la accesibilidad no anulan la condición de verdad y la transparencia de los datos, ideas o la información.
La procedencia garantiza siempre el origen y la verdad, los registros parroquiales siguen perteneciendo a los archivos del diocesano aunque vayan más allá, o la fecha de nacimiento de Artigas se remontará siempre a su acta de bautismo y su acta de bautismo al libro, y el libro al archivo diocesano, así mismo es el ciclo.
La procedencia no se puede anular ni se puede descartar con la excusa simplona de que «las fechas no se citan». Como condición de verdad, cualquier afirmación, dato o fecha exige tener su procedencia marcada e irrefutable.
Por último, hay que comprender qué es realmente la materia de estudio: la historia no es el pasado como tal, sino una reconstrucción intelectual del pasado. La información y los datos tienen procedencia irrenunciable. La historia como ciencia que pretende realizar una reconstrucción secuencial e intelectual de sucesos u orígenes siempre se reivindica, se discute o se reajusta, la historia nunca fue estática ni una única fábula.
Lejos de interpretaciones ridículas sobre “proteger la historia o volverse dueño de las acciones pasadas”, de lo que se trata es de entender que los relatos y las historias son productos intelectuales moldeados según quién los reconstruya, por eso siempre somos usuarios de los eruditos historiadores o investigadores. Los mitos fundacionales tienen sus matices y sus autores, pero la realidad documental exige rigor. Sin procedencia, sin trazabilidad y sin el peso de la prueba, la historia deja de ser una construcción seria para convertirse en un mero invento pasajero y una fábula conveniente a intereses ajenos, más que a la búsqueda de la verdad comprobable.
U. Andrés Llorente Tellechea
Investigador independiente, autor y estudiante del ciclo de graduación de la Licenciatura en Archivología.
