Hay ciudades que inventan colores.
Eugène Delacroix llegó a Tánger cuando Europa todavía estaba convencida de que el mundo era una prolongación de sus salones. Vio una luz distinta. Vio blancos que no eran blancos, azules que parecían salir de las paredes, ocres que parecían incendiar el aire. Volvió con una paleta nueva y con esa paleta cambió la pintura. A veces una ciudad hace eso: le modifica los ojos a quien la mira.
Tánger fue, durante mucho tiempo, un accidente feliz. Árabes, judíos, españoles, comerciantes, espías, diplomáticos, escritores, contrabandistas. No convivían: se mezclaban. Se copiaban. Se odiaban un poco. Se parecían cada vez más. El Mediterráneo era, entonces, una fábrica de mezclas.
Después dejó de serlo.
Hoy Tánger tiene casi un millón de habitantes y vive, como puede, de venderle exotismo a Occidente. Los turistas llegan buscando una postal de lo diferente y reciben una versión bastante ordenada de esa diferencia. Marruecos entendió hace tiempo que la mejor forma de tratar con Europa es cobrarle la entrada.
Hasta que, hace pocos días, Tánger volvió a aparecer en los diarios del mundo. Ya no por los colores sino por los cuerpos. Miles de jóvenes musulmanes corriendo hacia España, hacia Europa, hacia esa forma de vida occidental que tantos discursos dicen despreciar y que, sin embargo, sigue siendo el lugar donde quieren estar. Las fronteras son un excelente detector de hipocresías.
Y, un mes antes, Tánger había recibido otra delegación. Mucho más pequeña. Mucho más silenciosa. Dos minuanos enviados oficialmente por el intendente Daniel Ximénez: la secretaria general Arianna Bentos y el director de Ordenamiento Territorial. Fueron al Congreso Mundial de Ciudades y Gobiernos Unidos.
No nos enteramos porque el gobierno quisiera contarlo.
Nos enteramos porque un edil blanco, Gabriel Gutiérrez, encontró una resolución y anunció que pedirá informes.
Hay algo enternecedor en esa escena. Mientras el mundo discute guerras, migraciones, aranceles, inteligencia artificial y el precio del petróleo, en Lavalleja un viaje a Tánger aparece porque alguien leyó un expediente. La democracia, a veces, consiste en eso: en alguien que abre una carpeta.
Desde entonces, nada.
Nadie explicó para qué fueron. Nadie contó qué hicieron.
Tampoco nadie dijo si el viaje lo pagó la Intendencia, el Estado central o alguna combinación de ambos. En la resolución se dice que el hotel y los traslados van por cuenta de la organización.
Nadie exhibió convenios, proyectos, inversiones, intercambios, aprendizajes. Ni siquiera una historia.
Puede ser que el viaje haya sido extraordinariamente útil. Puede ser que de Tánger lleguen ideas capaces de mejorar Minas, Solís, José Pedro Varela o Zapicán. Puede ser, incluso, que Delacroix no haya sido el único que encontró allí una nueva manera de mirar.
Pero los viajes oficiales tienen una obligación muy simple: cuando terminan, empiezan las explicaciones.
Porque Delacroix volvió de Tánger con cuadros.
Nuestros funcionarios volvieron a tiempo para responder un pedido de informes que espera la única respuesta que importa: para qué.
Pablo Melgar
