Terminó el Mundial. España es campeón y Marcelo Bielsa ya no es el técnico de la selección uruguaya. La vida nacional -y la lavallejina, más pequeña y acaso más verdadera- vuelve lentamente a su cauce. Las conversaciones recuperan sus temas habituales. Los políticos vuelven a ser importantes. O eso creen.
Durante quince días, Google registró que la atención del país estuvo concentrada en una pelota que corría entre tres países de Norteamérica. Ahora la agenda vuelve.
Y con ella, Yamandú Orsi, que sigue enfrentando la realidad, las encuestas y parte del entorno que él mismo eligió. La oposición, en cambio, tiene una certeza: Luis Alberto Lacalle Pou puede ganar las próximas elecciones. Esa convicción es compartida por buena parte del oficialismo y de la oposición, aunque cada uno extraiga conclusiones diferentes.
Para la oposición, Lacalle Pou representa una posibilidad concreta de volver al gobierno. Para el oficialismo, es una amenaza con nombre y apellido, aunque todavía lejana en el tiempo. El problema del Frente Amplio es más profundo: no ha logrado construir un caudillo competitivo y difícilmente lo consiga antes de las elecciones. Puede armar una candidatura, pero los caudillos no se fabrican.
En la oposición, el candidato ya existe. No necesita proclamación ni interna. La política uruguaya parece haber resuelto de antemano una parte importante de la próxima elección.
La pregunta ya no es quién será el candidato opositor, sino quién podrá competir contra él.
En 2002, en medio de la crisis económica y la desesperación social, había una certeza: el Frente Amplio ganaría las elecciones. Esa expectativa contribuyó a contener la tensión. El país tenía un horizonte.
Hoy esa certeza la tiene la oposición con Lacalle Pou. Y cumple una función similar: detiene los embates urgentes contra el gobierno. La oposición puede esperar. Tiene candidato y horizonte. El tiempo, en principio, juega a su favor.
Esto desata otra dinámica: la lucha interna por los puestos del eventual próximo gobierno. Nombres, ambiciones y cargos imaginarios comienzan a ordenarse.
El gobierno gana un poco de paz. Pero la política corre el riesgo de confundir tranquilidad con estabilidad. Porque más allá de encuestas, candidaturas y cálculos electorales, existe una verdad palpable: la gente está pasando mal. El desempleo se siente, la falta de oportunidades se siente, la dificultad para progresar se siente. Hay una generación que mira el futuro con menos confianza que sus padres.
Los políticos transitan por un carril lleno de internas, cargos y especulaciones. La gente transita por otro, lleno de cuentas que no cierran, empleos que no aparecen y salarios que no alcanzan. Entre ambos carriles hay una distancia cada vez mayor.
La certeza sobre Lacalle Pou puede ordenar a la oposición y disciplinar al oficialismo. Puede dar la sensación de que siempre hay una salida electoral. Pero no resuelve la realidad de quien no consigue trabajo, ni puede pagar una vivienda, ni siente que las oportunidades del país pertenecen a otros.
La historia uruguaya muestra que las sociedades toleran mucho cuando creen que el futuro tiene dirección. Lo peligroso es cuando la gente deja de creer que alguien sabe hacia dónde va el país.
La oposición ya tiene candidato. El gobierno todavía tiene tiempo. La gente, en cambio, tiene cada vez menos paciencia.
Y esa puede ser la variable que nadie está midiendo correctamente. Porque la certeza de que Lacalle Pou puede ganar ordena la política, pero no necesariamente ordena la realidad.
El enojo sigue creciendo. La única incógnita es cuándo dejará de ser solo enojo.
Pablo Melgar
