La visita oficial del presidente chileno José Antonio Kast a Uruguay tenía todos los ingredientes para convertirse en uno de los acontecimientos políticos de la semana.
Era la primera gira regional de un mandatario que impulsa una estrategia continental contra el crimen organizado, buscaba incorporar a Uruguay al Compromiso de Santiago y colocaba sobre la mesa un debate de fondo acerca de la seguridad, las cárceles y la cooperación internacional.
Sin embargo, la política también depende del contexto. Y el contexto jugó en contra.
Mientras Kast desarrollaba una intensa agenda de reuniones con el presidente Yamandú Orsi, empresarios y autoridades, la atención pública estaba concentrada en otros asuntos. El Mundial de fútbol monopolizó buena parte del interés ciudadano; el comienzo de las vacaciones de julio redujo el ritmo habitual de la actividad política y mediática; y, en el plano estrictamente nacional, el debate por la compra de vehículos blindados para las Fuerzas Armadas terminó ocupando el centro de la discusión pública.
Como consecuencia, una visita con proyección regional quedó relegada a un segundo plano.
No significa que haya sido irrelevante. Por el contrario. Kast logró que Uruguay manifestara su disposición a adherir al Compromiso de Santiago, una iniciativa destinada a coordinar políticas contra el crimen organizado transnacional.
También dejó definiciones de fuerte contenido político al defender penas más severas para los líderes de las organizaciones criminales y reivindicar modelos penitenciarios de máxima seguridad, como el régimen italiano conocido como 41 bis.
Se puede discrepar con esas propuestas. Lo que resulta difícil es negar que plantean una discusión que tarde o temprano alcanzará a toda América Latina.
El crecimiento del narcotráfico, la expansión de las bandas transnacionales y la capacidad de los jefes criminales para seguir operando desde las cárceles son problemas comunes a la región y exigen respuestas que trasciendan las fronteras nacionales.
Paradójicamente, mientras Kast proponía una agenda regional sobre seguridad, Uruguay discutía cuestiones domésticas que terminaron eclipsando el contenido de la visita. El ruido de la coyuntura volvió a imponerse sobre los debates estratégicos.
Las agendas públicas suelen ser así: no siempre reflejan la importancia de los hechos, sino aquello que logra captar la atención del momento. Y, esta vez, el Mundial, el receso invernal y la controversia por los blindados terminaron desplazando de la conversación pública una visita que probablemente tenga más consecuencias de las que hoy parecen advertirse.
Pablo Melgar
