Señores: la guerra, aunque lejana en los mapas, ya llegó al Uruguay. No con tropas ni con estruendos, sino con algo más silencioso y persistente: el encarecimiento del petróleo y sus derivados. Es ahí donde empiezan a sentirse los verdaderos impactos de los conflictos internacionales en economías pequeñas, abiertas y dependientes como la nuestra.
En las últimas horas, sin cifras oficiales confirmadas al cierre, las señales fueron claras. Las fuentes no hablaron, pero insinuaron.
Dos dedos en alto, un gesto apenas, bastaron para instalar la sospecha: aumentos de dos dígitos en los combustibles. Y cuando el combustible sube, no sube solo. Se arrastra todo. Transporte, alimentos, servicios. La cadena es conocida, y también sus consecuencias.
Uruguay, además, no está en una posición de fortaleza. Venimos de un proceso de desaceleración económica que ahora podría encontrar un acelerador en este nuevo contexto internacional.
¿Es esto una crisis? No. Al menos, no todavía. No estamos frente a un escenario comparable con 1982 o 2002. Pero sí estamos entrando en una zona de deterioro más rápido, más incierto, más difícil de leer. Y ahí aparece un elemento nuevo, inquietante: el dólar. O mejor dicho, su quietud. Porque si algo aprendimos en el Río de la Plata es a leer el dólar como termómetro de crisis. Subía, y sabíamos a qué atenernos. Pero hoy no. Hoy el dólar está planchado, ajeno -o aparentemente ajeno- a conflictos bélicos de escala global. Y eso desorienta. Porque cuando los indicadores dejan de comportarse como históricamente lo han hecho, lo que se pierde no es solo referencia económica: se pierde capacidad de anticipación.
Entonces surge la pregunta inevitable: si no es el dólar, ¿dónde está el refugio?
El mundo ensaya respuestas -el oro, algunos activos, ciertas coberturas-, pero ninguna de ellas está al alcance real de la microeconomía uruguaya. De ese pequeño comerciante, de ese emprendedor, de ese productor que no especula: trabaja.
Y ahí es donde esta discusión deja de ser macroeconómica para volverse profundamente social. Porque si hay algo que estas coyunturas exponen con crudeza es la fragilidad del tejido productivo más chico. Las economías locales, las de los departamentos, las de ciudades como Minas, donde el mercado es reducido y el margen de error es mínimo.
A eso se suma otro factor determinante: el campo.
Golpeado por el clima, castigado por condiciones adversas, el sector rural arrastra consigo al resto. Porque cuando el campo se enlentece, el interior se enfría. Y cuando el interior se enfría, el país lo siente.
Frente a este panorama, la pregunta no es solo económica. Es política. ¿A quién se protege en momentos de incertidumbre? ¿Dónde se ponen los esfuerzos? Porque no todos resisten igual. No todos tienen espalda. Hay un Uruguay que no pide subsidios, que no tiene sindicato, que no negocia en bloque. Es el Uruguay que madruga. El que abre temprano un comercio, el que arriesga capital propio, el que genera trabajo sin red. Ese Uruguay hoy está, en gran medida, a la intemperie.
Y la pregunta incómoda, pero necesaria, es esta: ¿quién lo está defendiendo? No hay, por ahora, una respuesta clara. Tampoco se perciben señales firmes desde los niveles de decisión, ni nacionales ni departamentales. El margen para actuar existe, pero el tiempo no es infinito. Porque cuando las variables empiezan a tensarse, las decisiones tardías suelen ser también insuficientes.
No estamos ante una catástrofe. Pero sí ante un punto de inflexión. Y como todo punto de inflexión, exige claridad, prioridades y acción.
Por ahora, lo que sobran son dudas. Sobre el petróleo. Sobre el dólar. Sobre el rumbo. Pero, sobre todo, sobre si alguien está mirando -y defendiendo- a ese Uruguay que todos los días se levanta temprano para sostener, en silencio, lo que todavía funciona.
Pablo Melgar
