Por Pablo Melgar
A los 94 años falleció el pediatra José Grünberg. Guardo para él un agradecimiento que no prescribe. No solo por lo que hizo en la Medicina, sino por algo más difícil de encontrar: la capacidad de enseñar con pocas palabras y mucho sentido común.
Mi vínculo con él comenzó hace muchos años, cuando trabajaba en la redacción de El País. En aquellos tiempos todavía existía una forma distinta de comunicarse con los medios: se llamaba a la centralita y alguien derivaba la llamada al periodista.
Del otro lado apareció el doctor Grünberg.
En ese momento se discutía una propuesta vinculada a la libreta de conducir que pretendía establecer límites de edad para los conductores. Él acababa de cumplir ochenta años y quería expresar una posición contraria a esa idea.
No llamó para protestar ni para defender un interés personal. Llamó para argumentar.
Primero habló como médico. Explicó con claridad que la aptitud para conducir no debía medirse únicamente por la edad cronológica sino por la condición de salud de cada persona.
Después cambió de plano y llevó el razonamiento al terreno sociológico: Uruguay -decía- es una sociedad envejecida y debía aprender a convivir con esa realidad sin convertirla en un motivo de exclusión.
Y finalmente llegó la frase que todavía recuerdo.
“Mire, Melgar, usted va a entender que los que llegamos a esta edad no lo hicimos por andar haciendo locuras por la vida”.
Dicho así, sin estridencias, desmontó en segundos una construcción burocrática elaborada desde un escritorio.
Para un cronista más bien estructurado y formal, aquel razonamiento tuvo una potencia inesperada. Era una lección sencilla y profunda: la realidad, observada con experiencia y humanidad, muchas veces le gana la discusión a los papeles, a los prejuicios y a las soluciones universales.
Con el tiempo entendí que aquella conversación no había sido sobre una libreta de conducir. Había sido sobre otra cosa: sobre la dignidad, sobre el envejecimiento y sobre la necesidad de no reemplazar el juicio por formularios.
Hasta no hace mucho, cuando las verdades de escritorio parecían imponerse demasiado rápido, volvía a llamarlo.
Siempre encontraba del otro lado una mirada serena y una inteligencia sin afectación.
Gracias por tanto, doctor.
Un abrazo a su familia. Que encuentren consuelo en el recuerdo de una vida larga, fecunda y dedicada a los demás.
