El lunes se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Juan Manuel Blanes. La fecha invita a recordar no solamente al artista, sino también a una de las figuras que más contribuyó a construir la imagen que los uruguayos tienen de sí mismos.
Nacido en Montevideo el 8 de junio de 1830, hijo de padre español y madre argentina, Blanes fue un hombre atravesado por las tensiones de su tiempo.
Blanco federal, masón, formado en los años de la Guerra Grande y testigo de la construcción de los Estados nacionales del Río de la Plata, comprendió tempranamente que las naciones no se sostienen únicamente sobre instituciones, leyes o ejércitos. También necesitan símbolos, relatos e imágenes.
La fe religiosa encontró durante siglos en la pintura una forma de acercar lo invisible a los ojos de los creyentes. Algo similar ocurrió con el patriotismo moderno. Los pueblos necesitaban ponerle rostro a sus héroes, color a sus gestas y emoción a sus recuerdos. Esa fue, en gran medida, la tarea histórica que asumió Blanes.
Su trayectoria personal ayuda a comprender la magnitud de esa empresa.
Adolescente aún, trabajó como tipógrafo en el campamento de Manuel Oribe. Más tarde retrató a las nuevas élites urbanas, pintó para Justo José de Urquiza en el Palacio San José y perfeccionó su formación académica en Florencia bajo la dirección de Antonio Císeri.
A su regreso al Río de la Plata poseía algo poco frecuente en la región: una sólida técnica europea puesta al servicio de una temática profundamente americana.
La importancia de Blanes excede largamente el campo artístico. Obras como “El Juramento de los Treinta y Tres Orientales”, “La muerte de Venancio Flores”, “La Revista de Rancagua” o sus retratos de Artigas no solo representan hechos históricos: los interpretan, los ordenan y les otorgan una forma perdurable.
Millones de uruguayos imaginan episodios fundamentales de la historia nacional a través de imágenes creadas por él.
En cierto sentido, Blanes no fue únicamente un pintor de la historia. Fue uno de sus arquitectos visuales. Allí donde los documentos ofrecían datos y los historiadores proporcionaban relatos, él construyó escenas capaces de fijarse en la memoria colectiva.
Su obra costumbrista cumplió una función similar.
Los gauchos, las faenas rurales y los paisajes criollos que plasmó en sus telas ayudaron a definir una identidad cultural cuando el país todavía buscaba reconocerse a sí mismo.
La nación política nacía en los despachos y los parlamentos; la nación sentimental comenzaba a tomar forma en los lienzos.
La vida de Blanes estuvo marcada por éxitos profesionales, pero también por profundas tragedias familiares. La muerte de su esposa, la desaparición de su hijo Nicanor, el fallecimiento de Juan Luis y la pérdida progresiva de sus seres más cercanos imprimieron un tono melancólico a sus últimos años.
Murió en Pisa en 1901, lejos de la tierra que había retratado como pocos.
Más de un siglo después, su legado permanece intacto.
En tiempos en que las sociedades discuten permanentemente su pasado y revisan sus relatos fundacionales, la figura de Blanes recuerda que toda comunidad necesita una memoria compartida. Y que esa memoria no se construye solamente con palabras.
Uruguay sigue mirando buena parte de su historia a través de los ojos de Blanes. Quizás por eso su obra conserva una vigencia singular. Porque antes que un pintor de cuadros, fue un pintor de la nación.
Pablo Melgar
