España levantó la copa, pero la noticia más importante, para mí, no fue solamente el título. Lo verdaderamente llamativo fue ver a una enorme cantidad de aficionados neutrales celebrar la derrota de Argentina. No porque fueran españoles ni porque sintieran un cariño especial por esa selección. No. Lo hicieron porque deseaban que terminara una forma de competir que desde hace años viene generando rechazo.
Y eso no ocurre por casualidad.
No creo que el problema sean los títulos. Brasil tiene cinco Copas del Mundo; Alemania, cuatro. Nadie desea la derrota de los grandes únicamente porque ganan. Por supuesto que no.
El rechazo nace cuando la victoria deja de celebrarse con humildad y pasa a utilizarse para humillar al rival. Durante años vimos escenas repetidas: festejos en la cara de jugadores que acababan de sufrir una eliminación, burlas, provocaciones, discusiones constantes, agresiones dentro del campo, golpes, simulaciones y una dificultad evidente para aceptar la derrota cuando el resultado fue adverso, como ocurrió en la final, con episodios lamentables protagonizados por jugadores argentinos.
Y no fueron episodios aislados. Fueron conductas repetidas en distintos partidos y frente a distintos rivales. Cambiaban los adversarios; las actitudes seguían siendo las mismas.
Hubo, además, un episodio que, para mí, marcó un límite que el deporte nunca debería cruzar. El partido frente a Inglaterra terminó siendo vivido por muchos como una especie de revancha de la guerra de Malvinas. Y ahí el fútbol perdió completamente su verdadero sentido. Ahí mismo lo pudrieron todo.
Una guerra deja muertos, familias destruidas, jóvenes que pasaron hambre, frío y un sufrimiento imposible de reparar. Ningún gol devuelve una vida. Ninguna clasificación sana el dolor de una madre que perdió a un hijo. Ninguna victoria deportiva puede convertirse en la revancha de un conflicto bélico.
Los futbolistas ingleses que estaban en aquella cancha no eran responsables de esa guerra. Eran simplemente deportistas compitiendo en un Mundial. Transformarlos en el símbolo de un enemigo al que había que humillar fue, a mi entender, uno de los mayores errores que puede cometer el deporte. Y de eso se encargó la selección argentina.
Cuando desde la cancha se alimentan esos mensajes, una parte de la afición termina reproduciéndolos. Después aparecen los insultos, los enfrentamientos entre hinchas, la quema de banderas, las peleas en las calles y otras expresiones de odio que jamás deberían tener lugar alrededor de un espectáculo deportivo.
Y quiero ser claro en algo: yo no sé cómo son esos futbolistas en su vida privada. Ni idea. No me corresponde juzgar si son buenas o malas personas. Lo que sí puedo juzgar son las conductas que todos vimos.
Humillar al que sufre una derrota, disfrutar del dolor del rival, provocar deliberadamente, convertir una guerra en un motivo de festejo deportivo o responder con agresiones físicas son actitudes propias de una mala persona, dentro o fuera de una cancha.
Todo eso fue construyendo, con el paso del tiempo, una imagen que terminó generando un rechazo pocas veces visto. No hacia un país, sino hacia una manera de competir.
El deporte debería enseñar exactamente lo contrario. Debería enseñar respeto, humildad, grandeza en la victoria y dignidad en la derrota.
Por eso creo que lo ocurrido el domingo fue mucho más que una final. Fue la consecuencia de una imagen construida durante años. Y por eso tantas personas sintieron satisfacción con el resultado. No por disfrutar del sufrimiento ajeno, sino por entender que, al menos esta vez, la soberbia, la provocación y la falta de respeto no terminaron levantando la copa.
Los títulos engrandecen la historia. El respeto engrandece a quienes los consiguen. Porque llega un momento en que el mundo deja de mirar cuántas copas levantaste y empieza a mirar cómo fue que las levantaste.
Y cuando millones de aficionados neutrales dejan de admirar tu fútbol y comienzan a esperar tu derrota, la derrota empezó mucho antes del pitazo final. Empezó el día en que confundiste la grandeza con la soberbia.
Y el día de esta final fue el día en que la soberbia encontró un límite.
Gustavo Suárez
