Hay gobernantes que construyeron una carrera explicando el pasado. Tal es el caso de Gabriel Quirici. Pasó de profesor de Historia y comentarista radial a director nacional de Educación.
De hecho, representa a una generación de intérpretes privilegiados de la historia, que se autoperciben poseedores de unas claves del pasado para comprender el presente.
Hablan con seguridad, ordenan fechas, enlazan acontecimientos y ofrecen al público la tranquilidad de un relato cerrado, donde cada pieza parece encajar perfectamente.
El problema comienza cuando ese rompecabezas es armado antes de encontrar las piezas.
Al bueno de Quirici durante años se lo ha presentado como una suerte de paladín de una forma de historiografía nacional. Desde la radio, los libros o las conferencias, ha explicado al Uruguay y a los uruguayos. Según su sentir.
Sin embargo, detrás de la autoridad académica asoma una historia revisada y diseñada para confirmar las convicciones políticas de una determinada sensibilidad.
Una visión centralista, lejana de los intereses locales. Cercana con su mirada política partidaria.
Hace pocas horas pasó por Minas y dejó una muestra involuntaria de esa distancia entre el especialista y el territorio que pretende explicar.
Al referirse a la capital de Lavalleja habló de “Nuestra Señora de los Remedios”, cuando la denominación histórica correcta era Villa de la Concepción de Minas.
Estando en Minas, confunde Minas con Rocha.
Se para frente al pueblo de Minas a hablar de historia y no sabe muy bien qué hizo Rafael Pérez del Puerto. Respetuoso, el público minuano no dice nada.
El error podría parecer menor. No lo es tanto cuando proviene de alguien que pretende dar lecciones permanentes sobre la memoria colectiva.
Tampoco es probable que dedique demasiado tiempo a contar las desventuras de Fernando de Otorgués, el primo de José Artigas que terminó derrotado por las fuerzas porteñas tras ser sorprendido mientras dormía en Marmarajá, en tierras minuanas.
El mismo que fue violento con los habitantes extranjeros de Montevideo.
Y menos aún explicará que la bandera de Otorgués, es el símbolo del Frente Amplio, luego de haber sido la única enseña artiguista izada en Montevideo.
La historia real suele ser más compleja, contradictoria y fascinante que las simplificaciones ideológicas.
Todo historiador tiene una mirada, es normal. A veces resulta difícil verlos como intelectuales independientes. Terminan siendo constructores de relatos o divulgadores al servicio de una interpretación específica de la historia. Al menos así se los ve desde el público.
La historia suele vengarse de quienes intentan domesticarla. Porque siempre aparece un documento olvidado, un dato incómodo o una vieja memoria local capaz de desafiar las versiones oficiales. Y entonces el castillo de certezas comienza a mostrar grietas.
Quizás por eso, cuando uno los escucha hablar de Minas, de Artigas o de los viejos episodios de la Banda Oriental, no los ve como exploradores del pasado. Más allá de sus logros académicos, ve conversadores de comité intentando que la historia entre, a la fuerza, en el molde de sus mandantes.
Pablo Melgar
