Por Pablo Melgar
Hay personas que reciben una casa, otras un oficio. Javier y Martín Piquinela tienen un terreno en Villa Serrana. Allí donde el viento entra entre las piedras y el tiempo parece avanzar con menos apuro, crecieron mirando el mismo predio. Desde niños imaginaron mejoras. Primero pequeñas. Después otras más difíciles. Siempre con una idea fija: hacer algo que pareciera haber estado allí desde siempre.
Hace tiempo llevaron un viejo vagón de madera. Lo acomodaron entre las sierras y le pusieron nombre. Lo llamaron “El vagón de la Villa”. Era una forma de decir que el lugar ya tenía alma.
Pero no alcanzó.
Entonces apareció la idea del otro vagón. No uno cualquiera. Uno grande. Uno que hubiera conocido mejores épocas. Un Ganz Mavag. Húngaro. Llegado a Uruguay en 1977 para el servicio de pasajeros de AFE. Primera clase. De esos que iban al final de la formación. Tenía bar. Tenía hasta un puesto de comando.

Había transportado gente cuando todavía viajar en tren significaba mirar el país pasar por una ventana. Después quedó quieto. Décadas esperando.
Los Piquinela lo encontraron en la estación de Peñarol. Treinta y cinco toneladas de acero y memoria. Veintitrés metros de largo. Tres de ancho. Lo miraron y pensaron que podía tener otra vida.
Moverlo llevó más de un año de trabajo.
Para el traslado contrataron una empresa de grúas. El sábado empezaron temprano. A las nueve ya estaba el equipo trabajando. Javier Piquinela venía de seguir desde el día anterior. La carga terminó cerca de las seis de la tarde.
Después vino lo difícil.
Las curvas. Las pendientes. Entrar a Villa Serrana con una pieza de ferrocarril que parecía demasiado grande para cualquier camino.
Hubo momentos en que el camión avanzó marcha atrás durante varias cuadras.
Nadie hablaba demasiado. Había que hacerlo entrar.
Y entró.
Cuando el vagón quedó apoyado sobre la tierra, ya no parecía una máquina. Parecía una casa.
Ahora empieza otro trabajo. Limpiarlo. Recuperarlo. Pintarlo con los colores originales de AFE. Mantener el bar. Conservar los baños. Construir dos habitaciones.
Nada de borrar el pasado. Solo darle un futuro. Dicen que llevará entre seis meses y un año. No tienen apuro.
En Villa Serrana las cosas importantes rara vez se hacen rápido. Javier lo explica de manera simple: el vagón ya tiene todo para alojar personas. Tiene espacio, abrigo y “una forma distinta de estar”.
Pero quizá no se trate solo de eso.
Quizá se trate de otra cosa. De encontrar una vieja pieza de hierro olvidada y convencerla de que todavía puede servir. De poner un tren donde ya no quedan vías.
De mirar una sierra y pensar que todavía hay lugar para un sueño.
