Queridos lectores:
Vivimos en una época que se percibe a sí misma como extraordinaria. Nunca antes la humanidad había tenido a su disposición herramientas tan poderosas para transformar la realidad.
Sin embargo, el capítulo tercero de la encíclica “MAGNIFICA HUMANITAS” del Papa León XIV que analizamos introduce una pregunta incómoda, pero absolutamente necesaria: ¿Qué estamos construyendo realmente?
La imagen que propone el texto es tan antigua como vigente.
Por un lado, la torre de Babel: símbolo de una humanidad que, fascinada por su propio poder, termina deshumanizándose.
Por otro, la reconstrucción de Jerusalén: una obra paciente, colectiva, donde cada piedra refleja responsabilidad compartida.
En esa tensión se sitúa nuestro presente.
EL ESPEJISMO DEL PROGRESO
Desde mi perspectiva, uno de los puntos más contundentes del capítulo es la crítica al llamado paradigma tecnocrático. No se trata de un rechazo a la tecnología en sí misma sería ingenuo y contradictorio sino de una advertencia: cuando la técnica deja de ser un medio y se convierte en criterio absoluto, el ser humano queda relegado.
Hoy medimos casi todo en términos de eficiencia, rendimiento y optimización.
Pero el texto plantea una distinción que debería inquietarnos: podemos “tener más” sin necesariamente “ser más”. Y esa diferencia no es menor. Es, de hecho, el núcleo de la crisis contemporánea.
EL NUEVO PODER INVISIBLE
Otro aspecto que considero central es el análisis del poder digital. A diferencia de otras épocas, hoy no son solo los Estados quienes controlan los grandes flujos de poder, sino también actores tecnológicos y económicos que operan con una opacidad preocupante.
Las plataformas digitales, los datos y los algoritmos no son neutrales. Determinan qué vemos, qué pensamos y, en muchos casos, qué posibilidades reales tenemos de participar en la sociedad.
El texto lo sugiere con claridad: cuando el poder se concentra, crecen las desigualdades, las dependencias y las formas sutiles de manipulación.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL: PROMESA Y RIESGO
El capítulo aborda la inteligencia artificial (IA) con un tono equilibrado, lejos tanto del entusiasmo ingenuo como del rechazo alarmista. La IA aparece como una herramienta ambivalente: puede contribuir al desarrollo humano integral, pero también puede profundizar las distorsiones existentes.
Hay una idea que me parece particularmente lúcida: ni siquiera quienes desarrollan estas tecnologías comprenden del todo cómo funcionan. Esto introduce un elemento nuevo en la historia: estamos delegando decisiones a sistemas cuyo comportamiento no es completamente transparente.
UNA LLAMADA A LA RESPONSABILIDAD
Lejos de caer en el pesimismo, el texto propone un camino claro: volver a poner en el centro a la persona humana. No como un concepto abstracto, sino como criterio concreto para evaluar el desarrollo tecnológico.
Principios como la dignidad, el bien común, la solidaridad o la justicia social no son ideas del pasado. Son, en realidad, las únicas herramientas válidas para orientar un futuro cada vez más complejo.
Y aquí aparece una dimensión que me parece especialmente relevante para el lector actual: la responsabilidad no es solo de expertos, gobiernos o empresas. Es también de cada uno de nosotros.
La manera en que usamos la tecnología, las decisiones que tomamos y las prioridades que elegimos forman parte de ese “proyecto” que estamos construyendo.
CONCLUSIÓN: ELEGIR QUÉ CONSTRUIR
Si tuviera que sintetizar el mensaje de este capítulo en una idea, diría que no estamos ante un problema técnico, sino profundamente humano.
La tecnología no define por sí sola el futuro. Lo define el uso que hacemos de ella, los valores que la orientan y la visión de humanidad que la sostiene.
Hoy, como en la antigua Babel o en la Jerusalén reconstruida, estamos edificando algo.
La pregunta sigue abierta y es inevitable: ¿Estamos levantando una torre de poder que nos deshumaniza o una sociedad que, paso a paso, nos hace más humanos?
Porque, al final, más allá de los avances, de los debates y de las decisiones colectivas, también necesitamos una mirada interior que nos devuelva el sentido profundo de lo que hacemos.
Les deseo una buena semana, no olvidando que Cristo es nuestra paz.
Pbro. Fernando Pereira Chaparro
Cura párroco de la Parroquia “Santa Teresita”.
