El año 1904 fue de particular agitación política y social en nuestro país. Se registró el alzamiento armado del general Aparicio Saravia y la ciudadanía nacionalista, que se agrupó en su entorno y obedeció a su condición de caudillo de masas.
En el transcurso de las movilizaciones el día 13 de mayo de 1904, el general Saravia y sus huestes entraron sin combate en Minas.
Lo hizo entre aclamaciones de vecinos partidarios y una lluvia de flores arrojadas a su paso por damas minuanas. Esto último fue quizás, la más elocuente y singular demostración de la recepción que tuvo como objeto saludar al jefe revolucionario.
Los comandados por Saravia desfilaron espontáneamente por las calles y principalmente bordearon la Plaza Libertad y luego de acampar en las proximidades del centro urbano prosiguieron su tránsito hacia el Norte.
El diario “El Día” -órgano dirigido por el presidente Batlle y Ordóñez- informó de la estadía del ejército revolucionario en Minas y se escandalizó “por las exageradas muestras de adhesión y entusiasmo que en su desfile por la culta ciudad de Minas recibió de las damas de esa población”.
La crítica se centraba “en la conducta de las referidas damas, cuyas muestras de solícita admiración -si bien hubieran sido perfectamente explicables tratándose de un general victorioso o de un héroe, desde que las virtudes realmente varoniles se imponen irresistiblemente al ánimo sensible y exquisito de la mujer- resultan contradictorias y hasta ridículas, tributadas nada menos que a Saravia y a sus secuaces…”
LA CÓLERA DE MINUANAS SARAVISTAS
La nota de “El Día” tuvo de inmediato réplica en el propio diario. Dos damas minuanas enviaron misivas contestando con vehemencia y coraje el contenido del articulista que las calificaba de “contradictorias y hasta ridículas”.
Con la firma de “Una minuana saravista” se le contesta a “El Día” con sorpresa por “la manera poco edificante que el autor de dicho artículo se permite tratar a las damas de Minas, calificándolas fríamente de mujeres, y mucho más me sorprende por cuanto el diario que permitió semejante descortesía se precia de ser un órgano serio y culto”.
Un reclamo con mayor contundencia lo hizo quien firmó como “Una minuana”. En su comentario justificó la grandiosa recepción que se le hizo al caudillo blanco “siendo que este lo merece por ser ídolo de un partido de las magnas proporciones del nuestro, máxime si se tiene en cuenta que ese hombre, teniendo en su mano el triunfo, lo desecha por medio de la lucha, a fin de ahorrar a nuestra patria el ser teñido con sangre de hermanos…”.
En tono admirativo se expresa sobre Saravia: “… no es un hombre vulgar, ni un general común; es un talento privilegiado, un alma divinamente templada, un corazón grandioso, nobilísimo, y de un valor temerario incomparable (…) Es el ídolo de un partido sano y colosal (…) Por eso es razonable nuestra admiración y entusiasmo por nuestro Gran Saravia, somos débiles mujeres y es justificable nuestra admiración, cuando lo hacen los hombres de valor”.
Y finaliza esta minuana saravista: “Yo, por mi parte, tuve la gloria no sólo de doblar la rodilla para besar su mano, sino de ofrecerle una divisa bordada por las mías, y con el siguiente lema: ‘Dios y Patria’… Los agasajos, pues, que le tributamos las damas de Minas a este Napoleón y a su selecta y valerosa comitiva, son pocos, muy pocos, tratándose de un general que constituye y constituirá en toda época la garantía de nuestra patria”.
Damas empoderadas y militantes en una época en que, con enfrentamientos armados, se bregaba por la conquista y consolidación de las libertades públicas de hoy.
Oribe Pereira Parada
