Hay una intuición que sobrevuela el clima político con la persistencia de lo obvio: la seguridad importa. Importa no solo como problema concreto de la vida cotidiana, sino como insumo central del humor social. Y, sin embargo, sigue siendo tratada -sobre todo por la izquierda- con una mezcla de incomodidad doctrinaria, reflejos del pasado y, a veces, un voluntarismo que roza lo ingenuo.
Si la izquierda lograra garantizar niveles razonables de seguridad, resolvería una porción significativa de sus propios dilemas electorales. No necesariamente los de la gente -que son más complejos y multidimensionales-, pero sí los propios. Porque el votante promedio no exige teorías sofisticadas: exige previsibilidad. Poder salir, trabajar, volver. Sin épica, sin relato.
Para que eso ocurra, hay obstáculos culturales que no son menores.
Persisten resabios de una mirada desconfiada hacia el uso legítimo de la fuerza estatal, anclada en experiencias históricas que siguen operando como trauma.
También subsiste cierta idea -difusa pero influyente- de que los problemas sociales, por sí solos, terminarán resolviendo los problemas de seguridad. Ese “pensamiento mágico” no resiste el contraste con la realidad.
Pero hay un riesgo simétrico, menos comentado y quizás más inquietante. Cuando la seguridad se convierte en demanda insatisfecha de manera prolongada, el sistema político empieza a tensionarse. Y en ese vacío aparecen soluciones de trazo grueso: liderazgos personalistas, discursos de orden sin matices, promesas de eficacia inmediata. No es un fenómeno teórico. Es observable.
En ese escenario, el péndulo no se detiene en el equilibrio. Puede ir más allá.
La historia reciente -en distintas geografías- muestra que, cuando la política tradicional no logra procesar demandas básicas, emergen figuras que combinan autoridad, espectáculo y simplificación.
Ofrecen certezas rápidas: orden en la calle, consumo mínimo garantizado, entretenimiento asegurado. Un paquete completo. Y, muchas veces, con escaso apego a las reglas que sostienen la vida democrática.
De ahí la responsabilidad de los espacios de centro y centro derecha. Si leen la demanda de seguridad como un dato superficial o meramente instrumental, llegan tarde. Si, en cambio, la abordan con seriedad -incluyendo medidas firmes, pero creíbles-, pueden disputar ese terreno sin ceder a la lógica del atajo autoritario.
La clave está en el equilibrio: eficacia sin estridencias, firmeza sin sobreactuación.
Ahora bien, conviene introducir una precisión incómoda: las elecciones no se ganan ni se pierden exclusivamente por la inseguridad. La evidencia empírica es esquiva para quienes sostienen lo contrario.
El voto responde a un entramado más complejo de percepciones, identidades y expectativas. Sin embargo, la inseguridad sí incide en el humor social. Y ese humor -volátil, difícil de medir- es el que termina inclinando la balanza en segmentos decisivos del electorado.
Por eso el problema no es lineal, pero tampoco es irrelevante. Es, más bien, un factor catalizador. Cuando el malestar se acumula, cualquier oferta que prometa resolverlo -aunque sea de forma rudimentaria- gana atractivo.
En ese punto, el ejercicio final es inevitable: imaginar a determinados liderazgos con poder efectivo para “poner orden”.
La sola proyección alcanza para introducir cautela. Porque la demanda de seguridad es legítima, pero los instrumentos para satisfacerla no son neutros. Definen el tipo de sociedad que se construye.
Entre la negación y el exceso hay un margen.
Ahí se juega, en buena medida, la calidad de la democracia.
Pablo Melgar
