Hay momentos en que una noticia económica deja de ser solamente una noticia económica. El anuncio de que la empresa cervecera que controla el mercado nacional reducirá de 70 a unos 39 trabajadores su plantilla en la maltería de Paysandú pertenece a esa categoría. No cierra la planta, es cierto. Pero la adelgaza hasta convertir una instalación industrial en algo que corre el riesgo de ser apenas un recuerdo de lo que alguna vez fue.
Y mientras Paysandú pierde otros puestos de trabajo, Minas continúa esperando una respuesta sobre el futuro de su planta cervecera. En pocos días, el mapa del empleo industrial del interior vuelve a encogerse.
Ayer hubo una reunión en Montevideo.
El intendente Daniel Ximénez concurrió junto con las legisladoras Adriana Peña y Alexandra Inzaurralde y el diputado Javier Umpiérrez para hablar con el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone.
El encuentro era importante. El problema es que, después, las palabras dejaron una sensación extraña.
El mensaje del intendente pareció ser, en esencia, que había que tener cuidado, no interferir demasiado, no alterar unas negociaciones cuyo contenido nadie termina de conocer. ¿Con quién negocia exactamente la empresa? ¿Qué ofrece? ¿Qué pide? ¿Qué está dispuesto a hacer el gobierno? ¿Qué condiciones se están considerando?
Demasiadas preguntas para una situación que afecta directamente el futuro de una comunidad.
Porque hay una diferencia entre prudencia y resignación. La prudencia consiste en no arruinar una negociación. La resignación consiste en aceptar que otros decidan mientras uno espera.
Y un intendente no está para esperar.
Está, entre otras cosas, para defender los intereses de su departamento.
Por eso sorprende que, ante una amenaza concreta de pérdida de empleos, el mensaje que llegue a la población sea el de la calma. La calma puede ser una virtud cuando se acompaña de información, de estrategia y de esperanza. Sin esas tres cosas, corre el riesgo de convertirse en una forma elegante de pedir silencio.
¿Calma para quién?
Para quien conserva su empleo, quizá.
Para quien sabe que dentro de unos meses puede no tenerlo, la palabra tiene otro significado.
Lavalleja ya enfrenta la pérdida de alrededor de 200 puestos de trabajo vinculados directa o indirectamente a decisiones recientes. Y una parte sustancial de esa reducción laboral responde a decisiones de la propia Intendencia. Es decir: detrás de las cifras hay personas y detrás de esas personas hay familias.
Por eso también llama la atención el respaldo público expresado por el presidente del Centro Comercial e Industrial de Lavalleja, Leandro Diano, hacia el intendente. Defender la tranquilidad del departamento puede ser razonable. Defender la necesidad de que una negociación no se vea perjudicada también.
Pero tranquilidad no significa conformidad.
Y el comercio local sabe mejor que nadie que cada salario industrial que desaparece termina recorriendo almacenes, ferreterías, estaciones de servicio, restaurantes y pequeños negocios. El desempleo industrial no se queda dentro de la fábrica. Se derrama sobre toda la ciudad.
Ahora aparece, además, una pregunta que Uruguay debería hacerse sin miedo: ¿qué capacidad tiene un país pequeño frente a una empresa que ocupa una posición dominante en un mercado y que, al mismo tiempo que anuncia recortes de personal, comunica inversiones por unos 14 millones de dólares?
La contradicción merece una explicación.
Invertir no es malo. Al contrario. Uruguay necesita inversión privada, necesita capital, necesita empresas competitivas y necesita producir.
Pero también puede preguntarse qué recibe la sociedad a cambio de los beneficios que concede.
Si existen regímenes de promoción de inversiones, exoneraciones, estímulos fiscales y otras herramientas para atraer capital, entonces el Estado tiene instrumentos para sentarse a conversar. No para ordenar a una empresa privada qué debe hacer, pero sí para preguntar qué parte de esa inversión puede contribuir a preservar el tejido industrial del interior.
Porque tampoco parece razonable que el interior sea suficientemente bueno para recibir los beneficios de una política nacional de inversiones, pero no lo sea para conservar sus puestos de trabajo.
Y aquí aparece una cuestión todavía más incómoda.
Las empresas forman parte de las comunidades donde trabajan.
No basta con extraer, producir, vender y marcharse.
Una empresa puede cumplir perfectamente con la ley y, sin embargo, ser una empresa querida o una empresa distante. Puede pagar salarios, generar actividad y cumplir sus obligaciones, pero además puede construir un vínculo con la ciudad que la recibe.
Uno recorre Minas y se pregunta cuántas veces la marca Patricia decidió asociarse realmente con la ciudad.
¿Cuántos acontecimientos locales patrocinó de manera visible? ¿Cuántas veces convirtió a Minas en parte de su identidad? ¿Cuántas veces dijo, sencillamente, “esta es nuestra ciudad”?
No muchas.
Y quizá ahí esté una parte de la explicación.
Porque las marcas también cuentan historias. Algunas eligen ciudades, paisajes, fiestas y comunidades para construir alrededor de ellas una identidad. Otras parecen considerar que el territorio es apenas el lugar donde está instalada una planta.
Es una diferencia importante.
Minas no debería pedirle cariño a una empresa. Debería exigirle responsabilidad.
Pero también debe reconocer una realidad que duele: quizá nunca fuimos importantes para Patricia.
Y hay algo más duro todavía.
Tal vez Patricia no nos quiere.
No porque una empresa tenga sentimientos. No los tiene. Tiene accionistas, balances, inversiones, costos, mercados y estrategias.
Pero las ciudades sí tienen memoria.
Y cuando una fábrica desaparece, no desaparecen solamente máquinas y puestos de trabajo. Desaparece una parte de la relación entre una empresa y el lugar que durante décadas le dio trabajadores, consumidores, proveedores y una comunidad.
Por eso la discusión no debería limitarse a cuánto cuesta mantener una planta abierta.
También debería preguntarse cuánto cuesta cerrar una ciudad.
Paysandú acaba de recibir una nueva señal.
Minas ya recibió la suya.
El interior vuelve a descubrir que la industria puede desaparecer mucho más rápido de lo que llega.
Y mientras tanto, nosotros seguimos pidiendo calma.
Quizá haya llegado el momento de pedir otra cosa.
Explicaciones.
Pablo Melgar
