Las crisis forman parte de la vida. De la vida de las personas, de las parejas, de las empresas y también de las sociedades.
No hay comunidad que atraviese el tiempo sin conocerlas.
Lo que distingue a unas de otras no es la ausencia de dificultades, sino la capacidad para atravesarlas sin perder del todo el sentido de quiénes son.
Minas debería saberlo mejor que nadie.
La ciudad ya atravesó tres siglos y en ese tiempo conoció prácticamente todas las estaciones de la historia: pobreza y prosperidad, guerras y períodos de calma, esplendor y decadencia, elevación, muerte, traición y hasta lujuria.
Fue ocupada, sitiada y recuperada. Vio irse a gente, llegar a otra, levantarse negocios y caer fortunas. Y, sin embargo, siguió ahí.
El negocio nunca cerró.
Conviene recordarlo ahora, cuando la sensación de retroceso empieza a ser demasiado evidente como para disimularla con estadísticas, discursos o fotografías de ocasión. Hay momentos en que una sociedad debe abandonar las explicaciones cómodas y hablar de frente.
Minas tiene problemas serios. Hay menos oportunidades, menos empleo, menos actividad y demasiada gente que empieza a preguntarse qué futuro puede ofrecerle una ciudad que alguna vez tuvo bastante más.
Dicho sin eufemismos: hay que hacer algo porque nos comen los piojos.
En circunstancias ideales, una comunidad que atraviesa una crisis encuentra un liderazgo capaz de ordenar el escenario, convocar voluntades y establecer prioridades. Un liderazgo que no necesariamente tiene que resolverlo todo, pero que consiga algo bastante más importante: convencer a los demás de que vale la pena intentar una salida común.
Hoy no lo tenemos.
Las autoridades electas tienen, naturalmente, la responsabilidad principal. Deberán hacer su trabajo, diseñar sus planes, tomar decisiones y consultar a quienes saben. Gobernar no consiste solamente en administrar lo que existe: también supone imaginar lo que todavía no existe y conseguir que otros crean que es posible.
Pero una ciudad no puede delegar toda su suerte en quienes ocupan circunstancialmente un cargo. Los gobiernos pasan. Las instituciones permanecen. Y en momentos de incertidumbre esas instituciones permanentes pueden cumplir una función que excede largamente sus cometidos específicos: mantener unida a la comunidad.
Las Fuerzas Armadas, la Iglesia, el comercio, la Masonería, los partidos políticos, las organizaciones empresariales, los sindicatos, las instituciones educativas y culturales. Cada una desde su lugar y con sus diferencias. No para formar una especie de gobierno paralelo ni para disputarles legitimidad a las autoridades, sino para recuperar algo que suele perderse cuando una sociedad entra en crisis: la conversación.
Hay que volver a conversar sobre Minas.
Sobre qué ciudad queremos dentro de diez, veinte o treinta años.
Sobre qué actividades pueden generar empleo.
Sobre qué ventajas tenemos y cuáles hemos desperdiciado.
Sobre qué inversiones podemos atraer, qué infraestructura necesitamos y qué podemos hacer nosotros mismos sin esperar eternamente que alguien venga a salvarnos.
También habrá que discutir, seguramente, cosas incómodas.
Minas no puede vivir de la nostalgia de lo que alguna vez fue. Ninguna ciudad sobrevive contemplando sus ruinas.
La historia sirve para recordar que fuimos capaces de levantarnos, no para convertir el pasado en una coartada.
Tenemos, sin embargo, una ventaja que no es menor: ya estuvimos aquí antes.
Y sobrevivimos.
Tal vez haya llegado el momento de que una ciudad con tres siglos de experiencia vuelva a comportarse como una ciudad adulta.
Sin mesianismos, sin esperar al salvador de turno y sin creer que las soluciones vendrán exclusivamente desde Montevideo. Con autoridades haciendo lo que les corresponde y con las instituciones haciendo lo suyo.
Porque una crisis puede ser el principio del final.
Pero también puede ser el momento en que una sociedad finalmente decide dejar de lamentarse y empieza a organizarse.
Minas ya atravesó tiempos peores.
Ahora tiene que demostrar que todavía sabe cómo salir adelante.
Pablo Melgar
