Un viajero del siglo XIX describiendo la zona aledaña a la Villa Concepción de las Minas afirmó que se asemejaba a un verde mar encrespado de cerros. Y realmente la imagen para la descripción es acertada, porque el paisaje serrano -como ningún otro en el país- es un ondulante espacio que impresiona gratamente a los ojos del observador, por sus olas de vegetación y piedras.
Cada cerro, cada valle y cada rincón de rincón de esta serranía tiene su nombre identificatorio. El minuano los conoce y con orgullo los muestra al forastero, evidenciando el gusto de los lugareños por su entorno. Juan José Morosoli decía que “en el minuano el paisaje va en él”.
TODOS SON CONOCIDOS, TODOS TIENEN SU HISTORIA
El cerro que allá por principios del siglo XIX fuera propiedad de Juan Bautista Verdún, hoy es un altar mariano. En la cima, el templete que cobija la imagen de la Virgen, es punto de concentración de la feligresía católica. Al lugar acuden por millares.
La inmensa mole de piedra de origen volcánico que llamamos “Arequita”
-proveniente del vocablo guaraní araicuahita que significa “agua de las altas piedras de las cuevas”- hace referencia directa al agua que gotea o cae de manera constante dentro de las grutas del cerro. Es un referente ineludible en el paisaje comarcano, al extremo que luce en el Escudo Departamental como símbolo de regionalidad.
Portentoso y muy cercano a la ciudad está el cerro que conocemos como “del Negro”, con su particularísima imagen mitad piedra, mitad monte y tupida vegetación. El nombre obedece a una vieja leyenda que afirma que entre esas breñas habitaba un negro (quizá esclavo en huida de su amo, quizá liberto) que a veces se hacía ver en el pueblo.
A la elevación que conocemos con el nombre “cerro de la Guardia”, en el Barrio Las Delicias, le llamamos así porque en épocas de revoluciones se montaba en el lugar una vigilancia permanente para defensa de posibles ataques a la Villa.
Algo más distante al núcleo urbano está el cerro “del imán”, que fuera documentado en sus crónicas de viaje por el naturalista inglés Charles Darwin, en su paso por el lugar en 1832. Afirma el científico británico que las piedras acusan una perceptible imantación y señala que al acercarles su brújula, la aguja de ésta se descontrolaba y perdía la referencia del Norte.
Sobre la margen izquierda del arroyo San Francisco y de frente a la ciudad se observan dos elevaciones que son habituales referencias en el paisaje urbano. Les conocemos como “los cerros de Lavalleja”, porque esos campos pertenecieron a la familia del Héroe coterráneo, desde que se les donó como “suerte de estancia” a don Manuel Pérez de la Valleja, en la etapa fundacional de la Villa de Nuestra Señora de la Concepción de las Minas. Fue en esa campiña donde el Libertador se formó en las tareas rurales.
En un tránsito hacia el “Valle Fuentes”, que la nomenclatura popular le dio el nombre de su antiguo propietario Juan Fuentes, la vista y admiración se detendrá en “El Penitente”, en donde la naturaleza ha incidido en la rocosidad dándole una singular forma que simula la figura humana, de rodillas, orando ante un altar.
Los “cerros Campaneros”, dos alturas que tienen forma similar a campanas y “Los Perdidos”, cuyo nombre viene desde épocas coloniales. Según se dice, en oportunidad de expediciones demarcatorias de límites entre el dominio español y portugués, se habrían extraviado en la región dos operarios integrantes de la delegación hispana.
El cerro “Marmarajá” obedece su nombre a un topónimo de origen indígena (con fuertes raíces en la lengua charrúa), que también designa un arroyo del lugar. El significado principal, en dialectos de la región, suele traducirse como “cerro frío” o “atalaya / vichadero” (un lugar elevado que sirve como puesto de observación). En esa región tuvo lugar un enfrentamiento del ejército artiguista, a las órdenes de Fernando de Otorgués y fuerzas porteñas, comandadas por Manuel Dorrego y Carlos de Alvear, en octubre de 1814.
Ya en la zona urbana minuana tiene su historia y longevo nombre, el cerro de “la Filarmónica”. La tradición pueblerina noticia que por la década de los años ‘50 del siglo XIX, un grupo de jóvenes músicos aficionados conformaron una orquesta y ensayaban en una alejada casita, para no molestar a vecinos de la planta urbana con sus “ejecuciones y desafinaciones”. Hoy la zona se ha poblado, pero el alto donde se reunían siguió llamándose el “cerro de la Filarmónica”.
En esta apretada síntesis hemos dejado para señalar al final al “cerro de Fusco”, que después se le llamó “cerro Ventura” o “del Arbolito”, por el apellido de dos de sus dueños en el tiempo, y por un recordado árbol (eucaliptus) que lucía en su cima, y que hoy es coronado, cual pezón ciclópeo, por la escultura ecuestre más grande del Continente, dedicada al Gral. José Artigas. Pedestal natural que oficia de Altar Cívico para los orientales.
NATURALEZA AGRESTE Y COBIJANTE
Entre estos y otros accidentes geográficos serpentean corrientes de agua límpidas, cristalinas, zigzagueantes. El río Santa Lucía nace en las inmediaciones del Cerro Arequita; el arroyo San Francisco bordea la ciudad y ofrece su agua para consumo; la cañada “Zamora” (también se le conoció como “de los Hornos”) mantiene con gesto altivo su cauce por entre el trazado urbano de la ciudad; el arroyo Campanero, el arroyo “La Plata” o “del Metal” (referido al antecedente minero de la región), la cañada “del Coto” (el otrora límite urbano)… y podríamos seguir.
Estos viejos vecinos, testigos mudos y permanentes del acontecer de la comarca, son esplendorosos, coloridos y motivadores de sensaciones placenteras.
Minas es una región en la que el hombre convive plenamente con una naturaleza agreste y cobijante…
Oribe Pereira Parada
