El periodismo tiene una virtud que a veces pasa inadvertida: es un oficio extraordinario para conocer gente. Pero no solo para conocerla, sino para conversar con personas con las que probablemente uno jamás hablaría en otro contexto. El trabajo abre puertas inesperadas y, detrás de ellas, aparecen mundos que no siempre coinciden con los prejuicios ideológicos que solemos arrastrar.
En esas conversaciones surgen sorpresas. Representantes de potencias extranjeras, empresarios de primer nivel, ejecutivos de grandes corporaciones, estancieros y otros actores que históricamente fueron objeto de crítica -cuando no de rechazo frontal- por parte de la izquierda, se muestran hoy bastante conformes con el gobierno de Yamandú Orsi.
No es un fenómeno completamente nuevo. Algo parecido ocurrió durante el gobierno anterior, cuando otras potencias y centros de poder observaban con evidente satisfacción la gestión de Luis Lacalle Pou.
Hay, en efecto, una forma uruguaya de gobernar. Un estilo. Una cultura política que atraviesa partidos y gobiernos. La coalición que gobernó hasta hace poco lo hizo con un pragmatismo típico de la tradición nacional: buscar soluciones dentro de un marco institucional sólido, moderado y culturalmente estable. Nada demasiado rupturista. Nada que pusiera en riesgo el equilibrio del sistema.
Pero conviene no olvidar algo esencial: el partido que hoy gobierna tiene una definición ideológica muy clara. Representa a la izquierda. Y la izquierda -al menos en su narrativa histórica- no se define solamente por administrar el Estado con eficiencia, sino por impulsar transformaciones que cuestionen determinados intereses y estructuras de poder.
Por eso, ciertos aplausos deberían generar más incomodidad que orgullo.
Cuando actores que durante décadas fueron presentados como adversarios estructurales celebran la orientación de un gobierno de izquierda, la pregunta es inevitable: ¿qué es exactamente lo que están celebrando? Y, más aún, ¿qué debería sentir la izquierda ante esas palmas?
Porque, desde la perspectiva clásica de la izquierda, esos aplausos no son necesariamente un reconocimiento. Muchas veces son, en realidad, una señal de alerta.
Algo parecido comienza a observarse en el departamento de Lavalleja. Allí, hasta el momento, la izquierda no ha gobernado. Sin embargo, la gestión actual difícilmente pueda describirse como una experiencia transformadora en el sentido ideológico del término. No hay marxismo. Tampoco grandes experimentos. Si acaso, podría encontrarse cierto tono rígido en la comunicación, que algunos identificarían -con exageración o ironía- como una vaga reminiscencia estalinista. Pero en lo esencial, el gobierno departamental podría confundirse perfectamente con una administración de los partidos tradicionales.
Desde una mirada estrictamente de izquierda surge entonces una pregunta incómoda: ¿para qué ganar una elección si el resultado final es gobernar como los otros?
Hay quienes definen esta situación con una fórmula mordaz: en algunos lugares no ganó la izquierda, sino una derechita con problemas de conciencia social. Puede ser una exageración. Puede ser una caricatura injusta. O puede ser, simplemente, una descripción anticipada de una tendencia que todavía está en desarrollo.
Como siempre en política, el tiempo será el que termine ordenando las interpretaciones.
Mientras tanto, conviene prestar atención a los aplausos. Sobre todo a los que provienen de lugares donde, en teoría, nunca deberían escucharse.
Pablo Melgar
