Por Pablo Melgar
La reciente resolución del CODICEN de la ANEP introduce un cambio doctrinario de fondo en la gestión de la convivencia educativa: institucionaliza la posibilidad de que los docentes activen mecanismos formales de denuncia frente a conductas estudiantiles que trascienden el ámbito pedagógico.
No es un ajuste procedimental menor; es una redefinición del perímetro entre lo educativo y lo penal.
Hasta ahora, el sistema operaba bajo una lógica de contención interna, donde la autoridad docente se ejercía en clave pedagógica y, en muchos casos, con un sesgo claramente paternalista.
El nuevo protocolo reconoce, implícitamente, que ese esquema perdió eficacia frente a un deterioro sostenido de los estándares de convivencia. La violencia -en distintas escalas- dejó de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un dato estructural del sistema.
El dispositivo previsto es escalonado: observación, sanción administrativa, suspensión y, en última instancia, judicialización. Ese último tramo conecta directamente con el sistema penal adolescente y adulto, involucrando instituciones como el INISA o el INR.
Es allí donde el cambio adquiere densidad política: la escuela deja de ser un espacio relativamente autónomo para transformarse en una puerta de entrada -en casos extremos- al sistema punitivo del Estado.
El acuerdo político-sindical que respalda la medida no es un dato accesorio. Supone que sectores históricamente reticentes a la lógica sancionatoria -en particular dentro del universo “progresista”- comienzan a admitir que el paradigma anterior no alcanza.
Para el Frente Amplio, esto implica revisar supuestos arraigados durante dos décadas, especialmente la idea de que el énfasis en derechos y contención era suficiente para garantizar la convivencia.
Ahora bien, el giro abre una tensión evidente. Por un lado, responde a una demanda social creciente: más orden, más respaldo institucional al docente, más claridad en las consecuencias. Por otro, introduce riesgos no menores.
La judicialización de conflictos educativos puede derivar en efectos no deseados: estigmatización temprana, circuitos de exclusión y una eventual “deriva penal” de situaciones que, en origen, son pedagógicas.
El punto crítico no es la existencia del protocolo, sino su aplicación. En sistemas institucionales frágiles, las herramientas tienden a expandirse más allá de su diseño original. La experiencia comparada muestra que cuando los sistemas educativos incorporan lógicas de seguridad sin contrapesos claros, el equilibrio se desplaza rápidamente desde la autoridad pedagógica hacia la coerción.
Aquí aparece la dimensión más política del asunto. La izquierda uruguaya, tradicionalmente distante de enfoques punitivos, comienza a explorar ese terreno. El riesgo no radica en el reconocimiento del problema -que es real- sino en la eventual sobrerreacción.
La historia reciente de la región muestra que los virajes bruscos en materia de seguridad suelen derivar en políticas erráticas: o bien laxas e ineficaces, o bien excesivamente duras y de baja sofisticación institucional.
El desafío, entonces, es de calibración fina. Un sistema educativo no puede funcionar sin autoridad, pero tampoco puede delegar su núcleo en la lógica penal.
Si el nuevo protocolo se convierte en una herramienta excepcional, bien regulada y respaldada por criterios técnicos claros, puede contribuir a recomponer el orden perdido. Si, en cambio, deriva en un atajo para gestionar conflictos complejos, el remedio puede resultar más costoso que la enfermedad.
La señal política ya está dada: el péndulo se está moviendo. Resta ver si el sistema tiene la capacidad de detenerlo en el punto justo.
