“Estamos peor que hace 50 años. ¿Esto será el progreso del que tanto hablan?”.
La frase la pronunció un minuano al enterarse del cierre de la cervecería de FNC. No parecía una consigna política. Era el lamento espontáneo de alguien que acaba de comprobar que otra pieza de la ciudad que conoció se desprendió para siempre.
Me hizo pensar en esas escenas del cine épico o religioso en las que un hombre, bajo una lluvia torrencial, levanta los brazos hacia el cielo y pregunta cuánto falta para que termine el castigo.
Algo de eso hay hoy en Minas.
No se trata únicamente de una fábrica que deja de producir. Una industria forma parte de la geografía sentimental de una comunidad: sus turnos, sus sirenas, sus uniformes, sus conversaciones, sus salarios y, sobre todo, la posibilidad de que una familia pueda imaginar su futuro sin abandonar el lugar donde nació.
Durante décadas, Lavalleja fue perdiendo piezas de ese paisaje. Algunas desaparecieron lentamente; otras fueron cerradas de un día para otro.
El resultado es el mismo: una economía cada vez más pequeña y una población que aprendió a buscar oportunidades lejos.
La cervecería cerró y seguramente habrá explicaciones empresariales, números, estudios de mercado y decisiones tomadas a cientos de kilómetros.
Todo eso puede ser cierto.
Pero existe otra cuestión que deberíamos discutir: ¿qué hizo Lavalleja para intentar retener esa actividad y qué está haciendo para atraer la próxima?
Porque las industrias no aparecen por generación espontánea.
Hace años que este departamento espera una inversión importante. Una planta de celulosa, una fábrica, un proyecto logístico, cualquier emprendimiento capaz de cambiar la escala de nuestra economía. No llegó.
Tampoco apareció, hasta ahora, una estrategia capaz de convertir nuestras ventajas en oportunidades concretas.
Mientras tanto, seguimos administrando la decadencia.
Y cuando una administración departamental decide reducir puestos de trabajo, el asunto adquiere otra dimensión. Ya no estamos hablando solamente de números presupuestales. Detrás de cada contrato hay una persona que tiene alquiler, hijos, cuentas y una vida organizada alrededor de ese ingreso.
El Estado puede y debe ordenar sus cuentas. Pero una sociedad que pierde empleo necesita algo más que austeridad: necesita una alternativa.
Ese es el punto que suele desaparecer entre la pelea partidaria y las declaraciones de ocasión.
Lavalleja no necesita que le expliquen por qué las cosas están difíciles. Lo sabe.
Necesita que alguien le diga hacia dónde va.
Porque tuvimos una época en la que el futuro parecía estar aquí. Minas podía ser un lugar donde estudiar, trabajar, formar una familia y envejecer. Hoy demasiados jóvenes imaginan su porvenir en Montevideo, Maldonado o fuera del país.
Y no se los puede culpar.
Un territorio que no genera oportunidades termina exportando personas.
La paradoja es que conservamos una memoria enorme de lo que fuimos y una enorme dificultad para imaginar lo que podemos llegar a ser.
Quizás por eso aquella pregunta me quedó resonando. “¿Esto será el progreso del que tanto hablan?”.
No sé si estamos peor que hace cincuenta años. Seguramente vivimos mejor en muchas cosas. Tenemos tecnología, comunicaciones, servicios y posibilidades que nuestros abuelos ni siquiera podían imaginar.
Pero hay una forma de pobreza que no aparece en las estadísticas: la pérdida de expectativas.
Un pueblo empieza a empobrecerse verdaderamente cuando deja de creer que algo importante puede suceder allí.
Eso es lo que deberíamos evitar.
No alcanza con conservar recuerdos de la prosperidad. Tampoco con repartir culpas entre gobiernos, empresas y mercados.
Hay que volver a construir una expectativa.
Y para eso hace falta una política capaz de mirar más allá de la próxima elección, un gobierno departamental que salga a buscar oportunidades y un sector privado dispuesto a invertir donde otros todavía ven solamente distancia.
Quizás aquella imagen del hombre bajo la lluvia sea, después de todo, una buena metáfora. Porque hay momentos en que no queda otra que levantar la mirada.
Pero también llega un momento en que hay que bajar los brazos, dejar de esperar respuestas del cielo y empezar a golpear puertas.
Hace demasiado tiempo que Lavalleja espera que alguien venga.
La providencia, aparentemente, nos olvidó. Y no viene ni el papa León.
Será entonces cuestión de que, alguna vez, vayamos nosotros a buscar el futuro.
Pablo Melgar
