En menos de cuarenta y ocho horas, Lavalleja dejó de parecerse a sí misma. No porque haya ocurrido una revolución, ni una tragedia, ni una revelación histórica.
Cambió porque aparecieron tres escenas que, puestas una al lado de la otra, cuentan algo que los discursos todavía no se animan a decir.
La primera fue la del intendente Daniel Ximénez presentando algo parecido a una rendición de cuentas. Lo acompañó la vicepresidenta Carolina Cosse, llegada desde Montevideo para escuchar un discurso que no contenía una noticia, un plan, una cifra decisiva ni una promesa capaz de alterar el destino de un solo habitante del departamento. Fue una ceremonia política, y las ceremonias políticas suelen ser eso: un modo de fotografiar lealtades. Dos soledades compartiendo escenario. Cosse marcando territorio en una interna que todavía se escribe en voz baja. Ximénez ofreciendo presencia donde faltó contenido.
La segunda escena ocurrió afuera. Mientras adentro se hablaba, afuera sonaban las bocinas y los gritos. El ruido entraba por las ventanas como una objeción. No era ADEOM. Era otra cosa: una línea sindical nueva, menos dócil, menos cercana al oficialismo. Hay una ironía que ningún cronista debería desperdiciar: quienes alguna vez marcharon contra un gobierno blanco bajo la bandera de ADEOM hoy ocupan lugares en el poder frentista. Dos son ediles. Uno integra el Ejecutivo y acaricia una candidatura a diputado. Las vueltas de la política son menos elegantes que las de la historia, pero suelen ser más rápidas.
La tercera escena llegó desde Las Palmas. La organizó Román Nappa, comunicador, funcionario municipal, militante de muchas tareas a la vez. La marcha reunió a una cantidad respetable de vecinos y amigos del organizador, caminando bajo el frío minuano para pedir trabajo, explicaciones, presencia. Minas, que durante años cultivó una quietud casi mineral, empezó a moverse.
Ese es el dato verdadero.
La gestión Ximénez ha conseguido algo que parecía improbable: que la gente salga a la calle. No por una fiesta, no por un campeonato, no por una tradición. Sale por malestar. Sale porque siente que las respuestas no llegan. Sale porque el silencio del poder también produce ruido.
El intendente conserva toda la legitimidad democrática de haber sido electo. Nadie puede discutir eso. Pero una elección no reemplaza al diálogo. Y el gobierno departamental parece haber construido una fortaleza de filtros. Ximénez no concurre a los llamados de la Junta, concede pocas entrevistas, recibe a pocas personas, se reúne sobre todo con su círculo más próximo y pasa pocas horas en el edificio comunal. El despacho se volvió un lugar remoto, aunque esté en el centro de Minas.
Hay gobiernos que hablan demasiado para no decir nada. Y hay gobiernos que dicen tan poco que terminan hablando a través de sus ausencias.
Tal vez el episodio más revelador haya sido el menos comentado: mientras el intendente exponía una administración sin épica, el verdadero protagonista era el ruido que llegaba desde afuera. El discurso ocurría dentro del edificio; la política empezaba a suceder en la calle.
Lavalleja está cambiando. No necesariamente hacia un destino mejor ni peor. Está cambiando de temperatura. La resignación empieza a parecerse a la impaciencia. Y cuando una ciudad descubre que puede hacer ruido, los gobernantes ya no administran solamente presupuestos: administran expectativas.
Los pueblos también tienen un momento en que dejan de murmurar y empiezan a hablar. Quizás haya llegado ese momento.
Pablo Melgar
