Es difícil encontrar un comunista contento; por estas horas Óscar Andrade está contento. Y eso es noticia. El senador del Frente Amplio y secretario general del Partido Comunista del Uruguay (PCU) realizó una visita política a La Habana los días 7 y 8 de agosto.
Contento, le contó al dictador Miguel Díaz-Canel que el sindicato comunista de la construcción firmó un preacuerdo por el que se reduce la jornada laboral a seis horas sin afectar el salario.
Mientras tanto, miles de cubanos claman por libertad y porque no se violen sus derechos humanos. Nunca el PCU se preocupó por esas minucias. Volvamos a lo importante: Andrade está contento.
La visita tuvo como objetivo fortalecer los vínculos entre el Partido Comunista del Uruguay y el Partido Comunista de Cuba, además de expresar la solidaridad del PCU con Cuba frente al embargo “impuesto” por Estados Unidos, según se supo.
Andrade es el primer líder comunista uruguayo con posibilidades de ser candidato presidencial por el Frente Amplio. Esta visita a la “casa central” se hace lejos del período electoral para no perder votos. Andrade quiere ser presidente y no es tonto.
Durante años los comunistas se han encargado de caricaturizar a quienes se atreven a criticarlos. Saben que el común de los mortales les tiene antipatía.
Han explotado su épica a más no poder. Parece que son los únicos que han tenido problemas en la vida. Con la misma energía, han evitado dar explicaciones sobre sus falencias y contradicciones.
No revelan datos sensibles, el número de afiliados, por ejemplo. Son discretos en relación con su filiación. Tienen un comportamiento similar al de una secta: unos mandan y otros acatan sin mayores preguntas.
Han mutado con respecto a su opinión sobre los homosexuales. Se esconden detrás de pantallas electorales, como Democracia Avanzada. Saben que su marca no anda.
“Ahora tienen un caudillo”, dijo años atrás el expresidente José Mujica sobre Andrade.
“Son los comunistas, Heber”, y ahora quieren el premio mayor.
Pablo Melgar
