En el camino hacia la Presidencia, Flavio Bolsonaro tomó distancia de Luiz Inácio Lula Da Silva y terminó ganándole por dos puntos, justamente cuando casi todos esperaban que ocurriera al revés. Brasil quedó así parado en la mitad del camino, mirando hacia un lado y hacia el otro, como quien espera que alguien le diga por dónde seguir.
La definición será en la segunda vuelta. Pero Flavio Bolsonaro llega con algo más que esos dos puntos de ventaja: tiene margen para conversar con partidos menores y buscar los votos que quedaron sueltos en la primera vuelta. Lula, en cambio, parece tener menos para ofrecer y bastante más que explicar.
Fue un triunfo fuerte de la derecha brasileña. No solamente por el resultado presidencial, sino por todo lo que se movió alrededor de las urnas.
La campaña tuvo de todo. Debates extraños, discusiones inesperadas, el asunto de la patrona y la Virgen de Aparecida, las apuestas deportivas y otras cuestiones que, puestas en una campaña presidencial, parecían venir de otra parte.
Pero Brasil es así. Cuando la política se pone en marcha, nadie sabe muy bien por dónde puede salir.
La izquierda llegó con todo. Tenía estructura, organización, dinero, experiencia y algunas de las mejores herramientas de comunicación política del mundo. Tenía, además, a Lula. Pero no pudo con una palabra sencilla, de esas que cualquiera entiende: cambio.
Y ahí empezó a aparecer el problema.
El viejo sindicalista metalúrgico ha cambiado tantas veces de piel que ya cuesta distinguir cuál fue la primera. Sus mutaciones ideológicas fueron innumerables y, esta vez, la dermis pública quedó al sol. Ya no encandila como antes.
La última transformación tuvo algo de insólito. Lula apareció como líder católico y defensor de la soberanía nacional brasileña. El viejo dirigente de izquierda, después de tantas estaciones recorridas, terminó buscando refugio en dos banderas que durante buena parte de su trayectoria parecían estar en otro andén.
Mientras tanto, la derecha también cambió. El Senado Federal quedó en manos de dirigentes que no son simplemente la repetición de Jair Bolsonaro. Hay figuras nuevas, dirigentes que están creciendo y una corriente política que empieza a caminar con sus propias piernas.
También varios gobiernos estaduales y ciudades de enorme importancia quedaron en manos de sectores vinculados a Bolsonaro. El mapa brasileño se fue corriendo, casi sin hacer ruido, hacia la derecha.
Y Lula, con sus 80 años a cuestas, perdió una parte importante de lo que había salido a disputar. Lo derrotó, por ahora, un hombre de 45 años y de escasa trayectoria política.
Ahí está quizá una de las fotografías más fuertes de esta elección: la política brasileña poniendo juventud donde muchos esperaban experiencia, y cambio donde otros daban por segura la continuidad.
Para Uruguay, el resultado deja una enseñanza bastante menos simpática.
Días antes de la elección, el Frente Amplio anunció su respaldo a Lula. Desde el Piso 11 se siguió el mismo camino. Todo indica que hubo entusiasmo donde hubiera sido mejor tener prudencia.
Porque una cosa es tener preferencias políticas y otra, bastante distinta, es gobernar un país vecino de Brasil. En política exterior conviene mirar el campo entero antes de elegir el caballo.
Brasil acaba de demostrar que las elecciones no siempre respetan los pronósticos, ni las estructuras, ni los deseos de quienes creen conocer de antemano el resultado.
El viento cambió de lado.
Y cuando el viento cambia en Brasil, más vale tener la ropa bien prendida.
Pablo Melgar
