Por Pablo Melgar
Con la muerte de Alberto “Mellizo” Conti Nappa, ocurrida a poco de cumplir los cien años, Minas pierde a uno de esos vecinos que parecían formar parte del paisaje urbano.
De los minuanos “químicamente puros”, de los que hicieron de la esquina un lugar de encuentro para discutir de fútbol, política o de la vida misma.
Blanco hasta la médula, llevaba con orgullo esa identidad que también reflejaba en su inconfundible bigote. Militante del Partido Nacional, fue un ferviente seguidor de Carlos Julio Pereyra y un activo integrante del Movimiento Nacional de Rocha, al que acompañó con convicción durante décadas. Vivió intensamente la política y conoció de primera mano a muchos de sus protagonistas.
EL ORIGEN
Su origen italiano afloraba en cada conversación. Esa “tanada” que nunca perdió convivía naturalmente con su profundo nacionalismo blanco.
Podía defender con pasión las ideas federalistas y, al mismo tiempo, reivindicar la figura de Giuseppe Garibaldi como héroe de Italia. No por casualidad presidió el centro cultural que lleva su nombre.
EL ALBIRROJO
Otra de sus grandes pasiones fue el Lavalleja Fútbol Club. Hincha incondicional, disfrutó como pocos cada triunfo del equipo de toda la vida. Los domingos de fútbol eran parte inseparable de su existencia y de su conversación cotidiana.
En la recuperación democrática también dejó su huella. Fue una pieza importante en la reconstrucción institucional desde la Junta Departamental de Lavalleja, primero como funcionario y luego como edil, aportando su experiencia y su compromiso con la vida pública.
EN CUALQUIER ESQUINA
Pero, por encima de los cargos y las banderas, Conti Nappa representaba una forma de ser minuano que hoy escasea: la del vecino que conocía a todos, que conversaba con cualquiera y que convertía una esquina en un espacio de convivencia cívica.
Será difícil pasar por la esquina de Domingo Pérez, entre Ellauri y Carbajal, sin imaginar su figura, siempre dispuesta a iniciar una charla o a continuar una discusión que parecía no terminar nunca.
Con él se va también una parte de la memoria viva de Minas. De esa ciudad donde la política, el fútbol, la amistad y el barrio todavía se mezclaban en largas conversaciones al aire libre.
Su ausencia deja un vacío que solo el tiempo podrá dimensionar.
