Por Pablo Melgar
Permítame comenzar este análisis con dos visiones muy personales. La cercanía física con los hechos que están ocurriendo en Venezuela así lo marca. La mayor parte de nosotros conoce a alguien que se tuvo que exiliar por culpa Hugo Chávez o Nicolás Maduro. Y eso ya es bastante.
Por otro lado, como periodista me tocó estar varias veces frente a los protagonistas venezolanos de este momento. La izquierda uruguaya en el gobierno, y fuera de él, los convocó una y otra vez. Siempre hubo venezolanos en las calles de Montevideo.
Aún siento los codazos en mis costillas por parte de la seguridad de Chávez o la sonrisa socarrona de Nicolás Maduro y Fernando Pereira en la sede del PIT-CNT cuando les hice alguna pregunta que los puso en aprietos. Los colegas fotógrafos registraron esa “baboseada” con una foto que por estos días se ha viralizado.
Es hora de analizar los hechos con la rigurosidad y sumar miradas para entender lo que está pasando y lo que puede llegar a suceder. Todo lo otro son cosas del oficio.
La escena que abrió el año en Venezuela difícilmente se parezca a la que imaginó la oposición durante más de una década. No hay asunción civil, no hay ruptura limpia con el pasado ni relato de restitución democrática. Lo que empieza a delinearse es un proceso de transición condicionado, con fuerte tutela externa y una prioridad clara: estabilidad inmediata y control del poder real, aun a costa de postergar la legitimidad política.
La decisión de la administración de Donald Trump de apostar, al menos de manera provisional, por la vicepresidenta Delcy Rodríguez como figura central del nuevo esquema de poder marca ese rumbo con nitidez.
EL QUIEBRE: MADURO DICE NO
A fines de diciembre, Nicolás Maduro rechazó un ultimátum de la Casa Blanca que incluía su salida del poder y un exilio negociado en Turquía. Según fuentes estadounidenses y venezolanas involucradas en conversaciones reservadas, ese gesto cerró definitivamente la vía de una transición pactada con el propio presidente.
Días después, mientras Estados Unidos intensificaba su presión -incluido un ataque a infraestructura portuaria vinculada, según Washington, al narcotráfico-, Maduro reapareció en televisión estatal bailando música electrónica y repitiendo en inglés un mensaje grabado: “No a una guerra loca”.
En Washington, lejos de ser interpretada como fortaleza, la escena fue leída como desconexión del momento político y pérdida de capacidad de conducción.
DELCY RODRÍGUEZ, LA OPCIÓN FUNCIONAL
Para entonces, funcionarios estadounidenses ya habían identificado a una figura alternativa dentro del propio chavismo: Delcy Rodríguez. No como solución definitiva, aclaran, sino como interlocutora viable para una etapa de transición controlada.
Rodríguez había ganado crédito en círculos técnicos de Estados Unidos por su gestión económica en los últimos años. Bajo su conducción, Venezuela logró estabilizar parcialmente algunas variables macroeconómicas y aumentar de forma lenta pero sostenida la producción petrolera, incluso en medio del endurecimiento de las sanciones.
Intermediarios transmitieron a la administración Trump que Rodríguez estaría dispuesta a proteger inversiones energéticas estadounidenses y a garantizar condiciones mínimas de operación para empresas del sector. Un alto funcionario estadounidense lo resumió así: “No digo que sea la solución a los problemas del país, pero es alguien con quien creemos que podemos trabajar de forma más profesional que con Maduro”.
RELACIÓN CONDICIONADA Y ADVERTENCIAS EXPLÍCITAS
El vínculo, sin embargo, está lejos de ser de confianza. Funcionarios estadounidenses dejaron en claro que cualquier relación con un eventual gobierno interino encabezado por Rodríguez dependerá de su capacidad de acatar reglas impuestas desde Washington, y que Estados Unidos se reserva el derecho de adoptar nuevas medidas militares si considera que sus intereses no son respetados.
Aunque Rodríguez condenó públicamente los ataques estadounidenses y denunció una “invasión ilegal”, desde la Casa Blanca sostienen que aún es temprano para evaluar su posición real y mantienen un “optimismo cauteloso” sobre la posibilidad de cooperación.
Mientras tanto, las restricciones a las exportaciones petroleras venezolanas continúan, aunque sectores involucrados en las negociaciones confían en que se flexibilicen permisos para empresas estadounidenses como incentivo económico y político.
AMBIGÜEDAD CALCULADA EN CARACAS
La situación interna sigue siendo delicada. En su discurso televisado, Rodríguez insistió en que Maduro sigue siendo el líder legítimo del país, y la televisión estatal incluso continuó presentándola como vicepresidenta, pese a que Trump afirmó que había sido juramentada como presidenta interina.
Fuentes cercanas al gobierno señalan que esta ambigüedad responde a una estrategia deliberada para contener al chavismo duro, en particular a sectores militares y grupos paramilitares que aún digieren la humillación de la intervención estadounidense y la captura de Maduro, realizada sin bajas estadounidenses y con mínima resistencia.
La prioridad, por ahora, es evitar una fractura violenta interna.
EL DESPLAZAMIENTO DE MACHADO
En este esquema, la gran ausente es María Corina Machado. Ganadora del Premio Nobel y referente del movimiento opositor que se impuso en las elecciones de 2024 -comicios que, según amplios sectores, Maduro desconoció-, Machado quedó fuera del diseño inicial de Washington.
Trump fue explícito. Dijo que sería “muy difícil” que Machado tomara el control del país y la describió como una “mujer muy agradable”, pero sin apoyo suficiente. Para analistas en Washington, la explicación es sencilla: Machado no controla territorio, fuerzas armadas ni aparato administrativo, y su figura genera un rechazo frontal en el núcleo duro del chavismo.
Desde la lógica estadounidense, su rol -si lo tiene- quedaría reservado para una etapa posterior.
EL SILENCIO SOBRE EDMUNDO GONZÁLEZ
Tampoco fue mencionado Edmundo González, el diplomático retirado que reemplazó a Machado como candidato tras su inhabilitación y que hoy es considerado el legítimo ganador de las elecciones de 2024. González, exiliado en España, representa el mandato electoral, pero no figura en el actual tablero de poder.
Su ausencia confirma que, en esta fase, la legitimidad surgida de las urnas quedó subordinada a la lógica del control y la estabilidad.
UN PUENTE INCÓMODO
Delcy Rodríguez, de 56 años, combina formación jurídica en Francia, una historia familiar marcada por la militancia marxista y una carrera política construida bajo Chávez y Maduro, con el respaldo clave de su hermano Jorge Rodríguez. Nunca denunció la represión ni la corrupción del régimen, y llegó a describir su ingreso al gobierno como una “venganza personal” por la muerte de su padre en prisión en los años setenta.
Esa biografía la vuelve inaceptable para muchos sectores democráticos, pero, paradójicamente, previsible y manejable para actores externos.
Como señaló Juan Francisco García, exdiputado chavista hoy distanciado del gobierno, “la historia está llena de figuras vinculadas a dictaduras que, en determinado momento, sirvieron de puente para estabilizar un país y encaminar una transición”.
LO QUE VIENE
El esquema que se perfila es gradual y áspero: Primero, control del caos y continuidad mínima del Estado. Después, reacomodo político y económico con actores civiles aceptables. Finalmente, legitimación democrática.
Nada garantiza que el proceso llegue a su última etapa. Pero el mensaje es claro: la transición venezolana no comienza con elecciones ni con épica, sino con orden, petróleo y poder real.
La historia, otra vez, no empieza donde muchos quisieran. Empieza donde puede.
