Por Pablo Melgar
En Solís de Mataojo hay mañanas de domingo que parecen detenidas en el tiempo. La cancha, el frío todavía pegado al pasto, el polvo levantándose despacio y los gurises corriendo como si el mundo dependiera de un lateral.
Los padres alrededor de la línea de cal, mate en mano, dando indicaciones tácticas que nadie pidió.
La mañana de este domingo fue una de esas. Con una diferencia: entre los padres estaba el presidente de la República.
O mejor dicho: estaba un padre.
Yamandú Orsi apareció por Solís de Mataojo con anteojos oscuros y un sombrero enterrado hasta las cejas. Entró por un costado, discreto, como entra cualquiera que acompaña a un hijo a un partido de Sub 15: mirando la cancha, buscando una camiseta conocida y preguntando cuánto iba el encuentro.
No había custodios visibles, ni esa tensión artificial que aparece cuando llega alguien importante y todos empiezan a hablar distinto. Nada de eso. Apenas algunos murmullos, un par de miradas largas y la confirmación inevitable: -Sí, es Orsi.
El equipo de su hijo, el Estrella Roja de Ciudad de la Costa, jugaba en territorio de Lavalleja, donde Solís era locatario. Y en el pueblo pasó algo profundamente uruguayo: nadie armó un espectáculo.
Los vecinos consultados por SERRANO dijeron que lo trataron como se trata a cualquier padre visitante. Con respeto, claro. Pero también con naturalidad. Sin fotos encima, sin corridas, sin convertir la mañana en un acto político.
Uno de ellos resumió la escena mejor que cualquier editorial: -Acá vino como padre, no como presidente.
Y eso era exactamente lo que transmitía.
Porque mientras en Montevideo seguramente alguien discutía encuestas, acuerdos o internas partidarias, en Solís de Mataojo el presidente estaba pendiente de otra cosa: si su hijo llegaba a tiempo a cerrar una marca o si el cuadro encontraba un gol antes del descanso.
El poder, a veces, se vuelve más comprensible lejos de los salones oficiales.
En una cancha de fútbol juvenil, por ejemplo. Un domingo de mañana. Con un presidente parado detrás del alambrado, mirando el partido como cualquier otro padre y esperando, quizá, lo mismo que esperan todos: que el botija disfrute el partido.
