Queridos lectores:
Como lo habíamos anunciado semanas anteriores, nuestros artículos estarán iluminados por la reciente Carta Encíclica “Magnifica Humanitas” del Santo Padre León XIV, un texto profundamente actual que nos invita a discernir y a profundizar los signos de los tiempos que estamos viviendo.
En un mundo atravesado por cambios vertiginosos, donde la tecnología y de manera particular la inteligencia artificial va transformando nuestras formas de relacionarnos, de trabajar y hasta de comprendernos como seres humanos, la Iglesia nos propone detenernos y reflexionar. No desde el miedo, sino desde la verdad del Evangelio.
Esta encíclica, que lleva por subtítulo “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, pone en el centro una pregunta fundamental: ¿qué lugar ocupa la persona humana en medio de estos avances? Y la respuesta es clara: la persona no puede ser desplazada, reducida ni instrumentalizada. Su dignidad sigue siendo infinita, irrenunciable, y anterior a cualquier desarrollo tecnológico.
Hoy más que nunca, estamos llamados a custodiar lo humano. A no perder de vista que detrás de cada algoritmo, de cada dato, de cada decisión automatizada, hay vidas concretas, historias, rostros. Y que ninguna innovación será verdaderamente progreso si deja a la persona al margen.
Este tiempo que vivimos nos desafía, pero también nos ofrece una oportunidad: la de reafirmar aquello que nos hace verdaderamente humanos el encuentro, la compasión, la solidaridad, el cuidado mutuo y de construir una sociedad donde la tecnología esté al servicio del bien común, y no al revés.
LA DIGNIDAD QUE NO SE NEGOCIA
Vivimos en una cultura que, muchas veces sin darnos cuenta, mide el valor de las personas por lo que hacen, por lo que producen o por lo que logran. Esta lógica, silenciosa pero poderosa, termina dejando a muchos al costado del camino: los que no pueden, los que sufren, los que caen, los que no encajan.
Sin embargo, el corazón del mensaje cristiano y del segundo capítulo de la encíclica nos recuerda con fuerza que la dignidad humana no se gana ni se pierde: es un don. Cada persona vale por lo que es, no por lo que hace.
Esto tiene consecuencias profundas. Porque cuando una sociedad olvida esto, comienzan a aparecer las grietas: la exclusión, la soledad, la desesperanza. Y cuando la desesperanza se instala, la vida misma puede perder sentido.
¿No es acaso esto lo que estamos viendo en nuestro Uruguay?
¿No es esto lo que sentimos en nuestra querida Minas cuando una y otra vez nos enfrentamos a situaciones de dolor vinculadas a la salud mental?
UNA SOCIEDAD HERIDA
No podemos mirar para otro lado. En nuestro país y en nuestro departamento estamos viviendo una realidad que nos duele profundamente. Las situaciones de sufrimiento, de angustia, de soledad, de vidas que se apagan antes de tiempo, nos obligan a preguntarnos si realmente estamos construyendo una sociedad donde cada persona se sienta valiosa, escuchada, acompañada.
Porque no alcanza con proclamar derechos. No alcanza con discursos. Los derechos humanos son verdaderos cuando se hacen vida, cuando se garantizan en lo concreto.
Y aquí aparece una tensión que debemos reconocer con honestidad: vivimos en una sociedad que ha avanzado mucho en derechos, pero que muchas veces deja solas a las personas en su dolor. Una sociedad que habla de libertad, pero que no siempre sabe acompañar. Que ofrece herramientas, pero no siempre genera vínculos.
EL DESAFÍO DEL BIEN COMÚN
Uno de los principios más importantes que nos propone la Doctrina Social de la Iglesia es el bien común.
El bien común no es la suma de intereses individuales. No es “cada uno haciendo lo suyo”. Es construir juntos condiciones de vida donde todos, especialmente los más frágiles, puedan desarrollarse plenamente.
Hoy necesitamos recuperar esta mirada. Porque una sociedad que se fragmenta, que se polariza, que vive encerrada en intereses particulares, pierde la capacidad de sostener a sus miembros más débiles.
En Minas nos conocemos. Sabemos quién sufre, quién está solo, quién necesita una mano. Pero también corremos el riesgo de acostumbrarnos, de mirar desde lejos, de pensar que “alguien se ocupará”. El bien común nos recuerda que todos somos responsables.
TENDER PUENTES, NO LEVANTAR MUROS
La encíclica insiste en que la persona está hecha para la relación, para la comunión. Y cuando esas relaciones se rompen, la persona se debilita.
Hoy vemos muchas formas de aislamiento: Jóvenes que no encuentran sentido, familias desbordadas, adultos que cargan en silencio sus dolores, comunidades que, a veces, no logran integrar.
Por eso, el gran desafío no es solo diagnosticar, sino tender puentes: Puentes entre instituciones. Puentes entre profesionales. Puentes entre la Iglesia, el Estado y la sociedad civil. Puentes, sobre todo, entre personas. Porque nadie se salva solo.
UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
Este momento que vivimos no admite respuestas simplistas. Requiere un compromiso serio, profundo y sostenido.
A quienes trabajan en salud mental, el llamado es claro: seguir entregándose con generosidad, pero también animarse a dialogar y construir en conjunto.
A las instituciones, se les pide mayor articulación. A la comunidad, cercanía y escucha. Y a cada uno de nosotros, una pregunta sincera: ¿qué lugar le doy al otro en mi vida?
NO PERDER LA ESPERANZA
A pesar de todo, este no es un mensaje de derrota. Al contrario. Estamos llamados a encarnar el amor de Dios en la historia concreta. Siempre hay posibilidad de reconstruir, de empezar de nuevo, de generar vida donde parece haber muerte.
Nuestra comunidad tiene una riqueza enorme: la fe, la solidaridad, la cercanía. Pero necesitamos reavivar estas semillas.
COMPROMISO QUE NOS INVOLUCRA A TODOS
Quizás este tiempo difícil sea también una oportunidad. Una oportunidad para despertar, para salir de la indiferencia, para volver a mirarnos a los ojos como sociedad.
Uruguay y Minas necesitan de todos. Necesitan comunidades que abracen.
Necesitan instituciones que escuchen. Necesitan corazones dispuestos a amar más. Y en medio de este camino, resuenan con fuerza aquellas palabras de Gabriel García Márquez: “Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor”.
Que esta frase nos recuerde que todo se juega en el amor: en cuánto hemos amado, en cuánto hemos cuidado, en cuánto hemos sido capaces de reconocer al otro como hermano.
Porque no lo olvidemos nunca: Cristo es nuestra paz, el centro de nuestra vida y la medida de toda auténtica humanidad.
Que tengan todos una muy buena semana.
Pbro. Fernando Pereira Chaparro
Cura párroco de la Parroquia “Santa Teresita”.
