Por estos días, Francia ofrece una vez más esa postal recurrente: miles de productores rurales en las calles, tractores obstruyendo rutas y camiones estacionados frente a ayuntamientos. El reclamo central se reitera con tenacidad. Los precios que Europa paga por la leche, la carne, las uvas o los cereales no cubren ni los costos básicos de subsistencia. Y, para colmo, el Mercosur se erige como una sombra amenazante lista para disputarles el terreno de la igualdad de condiciones.
La escena combina lo pintoresco con lo emblemático. Los agricultores esparcen estiércol ante edificios públicos, un gesto crudo -y olfativo- para manifestar su descontento. Alertan sobre los peligros del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, y lo hacen con los recursos que tienen al alcance. Detrás de esa furia hay algo más profundo: temor genuino.
Conviene, no obstante, transmitir serenidad. Al menos desde esta orilla del Atlántico.
Hace más de un cuarto de siglo que se discute el acuerdo de Mercosur-UE. Veinticinco años de boletines optimistas, cumbres definitivas, borradores filtrados y proclamas solemnes sobre la «inminente» firma. Y, sin embargo, nada se materializa. No sucedió ayer, no ocurre hoy y todo apunta al que no pasará mañana. Si el Mercosur ha demostrado algo es una maestría inigualable para sabotear sus propios impulsos.
En esta región del mundo opera un mecanismo infalible para desbaratar planes ambiciosos, infraestructuras clave y pactos estratégicos. No responde a ideologías ni a colores partidarios: es sistemático. Se expresa en la incapacidad para mantener políticas de largo aliento, en la inestabilidad macroeconómica y en una dinámica productiva anclada en lo previsible.
Uruguay sabe de movilizaciones rurales, aunque con un matiz y un enfoque bien diferentes. El movimiento Un Solo Uruguay ha elevado demandas por mayor inserción de la global, menos burocracia, costos más bajos y un Estado que deje de actuar como un fortín paternalista. Exigen libertad de mercado para competir, no escudos contra la rivalidad externa. Y, hasta ahora, no han recurrido a abonar fachadas oficiales con abono orgánico.
Regresando a la inquietud francesa, el entramado productivo y financiero del Mercosur permanece más postrado ante el gigante chino que orientado hacia Europa. Predomina un esquema extensivo, de volumenes masivos y márgenes estrechos, donde se gana poco pero con certidumbre. Escaso valor agregado, innovación industrial mínima y una adicción creciente a las materias primas.
Brasil y Argentina -los socios que verdaderamente alarman a los europeos- siguen atados a las industrias obsoletas y a una canasta exportadora dominada por lo primario. Uruguay intenta desmarcarse, pero su dimensión reduce cualquier potencial disruptivo.
Vale la pena interrogarse: ¿ha alterado el horizonte del acuerdo con Europa alguna decisión tangible de inversión o producción en la región? La respuesta es tajante: no. Nadie ha modificado su esquema de negocios en vísperas de una apertura europea. Nadie ha reconvertido su aparato productivo para ajustarse a normas más rigurosas. Nadie ha invertido en serio en una integración que siempre parece al alcance de la mano… y jamás se concreta.
Los productores franceses pueden persistir en sus protestas -y en sus fertilizaciones simbólicas-, pero tal vez sea hora de reorientar la mira. El nudo gordiano no radica en el Mercosur, sino las contradicciones internas del agro europeo: atenazado por mandatos ambientales, precios a la baja y una Política Agrícola Común que ya no asegura viabilidad.
Desde el sur, la supuesta amenaza es más discursiva que concreta. El Mercosur continuará siendo, por el momento, una quimera perpetua: lo suficientemente grandiosa para inquietar, lo bastante caótica para no avanzar. Tranquilos. Con nosotros, al menos en el horizonte visible, no pasa nada.
Pablo Melgar
