Esta crónica será todo un desafío; pocas veces escribo en primera persona, pero últimamente he estado realizando varias actividades que jamás imaginé. El motivo principal para animarme fue la inesperada muerte de mi padre y la lección que me dejó: esto es solo un ratito.
Eso pensé cuando Valeria Barreto, impulsora junto a su familia de la Comparsa FACASI (Familia Candombera de las Sierras), me escribió con la loca idea de que saliera de vedette en su tan amada comparsa de Barrio Estación. Obviamente, dije que ¡no! “¿A vos te parece que yo puedo bailar?”, respondí, y la respuesta de Valeria me quedó sonando en la cabeza: “No sé, dime tú, ¿hay algo que no puedas hacer?”.
La historia comenzó el 6 de enero y jamás contesté esa pregunta. Si bien me siento muy minuana porque hace más de una década que vivo en las sierras, nací en Sayago, la cuna de Yambo Kenia, una de las comparsas más respetadas del carnaval. Celia Guadalupe, una de las vedettes más importantes y fundamentales en aquella comparsa, daba algunas clases de candombe en mi escuela porque sus hijas iban ahí. Yo bailaba en los actos de fin de año y le decía a mi madre, cuando era una niña, que era la vedette de aquellos eventos infantiles. Toda mi niñez me cayó en solo un mensaje: ¿hay algo que no puedas hacer?
No lo tenía tan presente, pero el candombe acompañó gran parte de mi niñez.
El 25 de enero estaba mirando el Desfile de Carnaval de La Paloma y tanta pluma, color, alegría y música, que en definitiva han sido el combustible de mi vida entera, me llevaron a replantearme ese “no”. Empecé a pensar que me iba a arrepentir de no haber aceptado.
Todos saben que yo estaba en la murga local, un lugar mucho más seguro para una cantante, pero este año la murga no salía, y también sabía que tenía varios shows con “Yandira y Los Adas” que no me iban a dejar estar en los ensayos de la comparsa los fines de semana. Igual, escribí y le pedí a Valeria Barreto que me explicara bien la idea.
Miré a mi esposo mientras estábamos en el desfile en Rocha y le dije: “Voy a salir de vedette, voy a bailar”. Me miró, sonrió y me dijo: “Hacelo, la vas a romper”. No es raro que yo le aparezca con un “martes 13” de la nada; hace 12 años estamos juntos y sabe que vivir conmigo es estar en una montaña rusa todo el tiempo, y ese hombre sí que aguanta la adrenalina.
El lunes 26 de enero, a las 18:00 horas, estaba en el Barrio Estación, en la casa de “Vale”, aceptando salir de vedette el 22 de febrero por la Avenida Varela, a cambio de que Valeria, una gran bailarina y referente del candombe para muchas mujeres, me enseñara todo lo que pudiera en menos de un mes.
La principal consigna fue que nadie supiera, que la sorpresa se diera en pleno desfile. Un desfile en el que pasé por varios roles: desde la conducción para un canal local, camarógrafa, directora de cámaras y, en los últimos años, espectadora.
Apenas salí de ahí, llamé a mi amiga Nancy Alfonso, una diseñadora de ropa oculta en el Barrio Filarmónica, porque si alguien iba a hacer un traje hermoso, conociendo todo de mí, era ella. Su reacción fue de sorpresa, pero sabía que cuando me propongo algo, voy a fondo. Sin experiencia alguna, nos metimos en el mundo de la vestimenta de una vedette de carnaval, obviamente bajo el ojo de Valeria.
Mis zapatos de baile y yo fuimos varias veces al living de lo de “Vale” a bailar; mi YouTube se llenó de videos de práctica del candombe, llamadas, desfiles e historia. Valeria se encargó de explicarme el contexto, la cultura, y yo me encargué de escuchar y ensayar con el máximo respeto.
Llegó el día del desfile y viví los nervios que hacía años no experimentaba. La costumbre, a veces, de quienes nos dedicamos al arte nos hace perder un poco el sabor de lo nuevo, de lo desconocido, y esa fue mi sensación todo el día.
Son varios factores: bailar, usar el vestuario típico, que no deja de ser jugado, hacerlo con dignidad y lidiar con el ojo ajeno. Escuché historias de muchas mujeres que dejaron de bailar por las malas opiniones, y debo reconocer que eso, por un rato, me inquietó.
A las 19:30 estábamos en el lugar de encuentro; la Avenida Varela estaba repleta de gente y comenzó a aumentar mi nerviosismo. Ya con mi traje puesto y mis plumas en la mano, solo quedaba salir a disfrutar de un proceso que fue increíble. Mis compañeros fueron extremadamente generosos; muchos, la mayoría, me veían ahí por primera vez y me sentí más que cuidada y contenida. Las vedettes “reales” de FACASI son bailarinas excelentes, apasionadas, y haber dejado un espacio para mí fue un acto de humildad total.
La comparsa se posicionó, los tambores empezaron a sonar y debo confesar que el miedo y los nervios me jugaron una mala pasada por un rato. No podía respirar bien y tuve miedo de no lograr siquiera una cuadra del recorrido.
El desgaste físico en esas cuatro cuadras es increíble. Obviamente, en mi caso, sin conocimiento de causa, fue casi una maratón; por varios tramos, mi mente me jugó la mala pasada de pensar que no lo lograría. Pero no solo hice el recorrido, lo disfruté como hacía tiempo no disfrutaba a pleno algo.
No sé si entendí todo lo que viven los carnavaleros, pero sí la adrenalina y emoción que genera hacer un recorrido entre tus vecinos mostrando tu cultura, nuestra cultura.
En lo personal, no tengo muchos prejuicios conmigo misma y tampoco miedo a la exposición, mucho menos al “qué dirán”, pero en esas cuadras sentí que todo valía. Se podía jugar libremente, no solo por mí, sino por todos. Es un día en el que, más allá del lado cultural, quien quiera ponerse plumas, una tanga o lo que se le cante y salir en plena calle, lo puede hacer; es bienvenido, y todos sabemos que en la realidad eso no pasa.
Deberíamos ser mucho más libres en todas las decisiones.
Tal vez algún carnavalesco de ley no vea bien que alguien un poco ajeno se cuele en la fiesta, pero el Carnaval es de todos, la cultura también; basta con animarse… Y aguantar el tirón y el dolor del cuerpo al otro día, pero… ¿quién te quita lo bailado?
Si la vida es un ratito…
Yandira Castro
