Días después del acto del 1º de mayo, una propuesta lanzada por el secretario general del PIT-CNT, José Lorenzo López -“Joselo” en la jerga sindical- continúa reverberando en el sistema político: incorporar a micro y pequeños empresarios bajo el paraguas de la central.
No es un matiz; es un giro conceptual que tensiona la identidad histórica del sindicalismo uruguayo. A primera vista, la idea puede leerse como un intento de aggiornamento. El mundo del trabajo cambió: creció el cuentapropismo, se diversificaron las formas de contratación y emergió una franja de trabajadores independientes que no encaja en la lógica clásica patrón-obrero. En ese plano, tender puentes hacia los autónomos podría interpretarse como una ampliación de la representación.
Sin embargo, la propuesta exhibe fisuras cuando se la examina con mayor detenimiento.
La primera es doctrinaria. El sindicalismo de matriz clasista -que el PIT-CNT ha reivindicado de forma explícita- se estructura sobre la tensión entre capital y trabajo.
Su razón de ser es la negociación -y, llegado el caso, la confrontación- con quienes detentan los medios de producción. Pretender integrar a quienes, aun en escala mínima, son titulares de esos medios introduce una contradicción difícil de resolver sin vaciar de contenido el propio concepto de sindicato.
No es un problema meramente teórico. También hay obstáculos operativos evidentes. El trabajador independiente, por definición, no tiene un empleador único ni estable. Sus vínculos son fragmentados, muchas veces de corta duración y regidos por contratos ad hoc.
¿Contra quién se dirigiría una eventual medida sindical? ¿Quién sería la contraparte en una negociación colectiva? ¿Cómo se instrumentaría una huelga en ese universo atomizado? Las herramientas tradicionales del sindicalismo pierden eficacia en ese terreno.
Pero el punto más sensible no es técnico ni conceptual: es político-partidario. El PIT-CNT no es un actor neutro en la vida pública uruguaya. Su historia, su dirigencia y su accionar lo vinculan de manera estructural con el Frente Amplio. En ese marco, la propuesta de López no puede leerse al margen de la lógica de acumulación electoral.
La incorporación de micro y pequeños empresarios -un segmento que creció al margen de las estructuras tradicionales de representación- aparece como un intento de ensanchar la base social afín al bloque político de la izquierda.
Allí donde las cámaras empresariales no han logrado fidelizar, y donde los partidos históricos han tenido una representación más difusa o pragmática, el sindicalismo ensaya una captura con lenguaje de inclusión laboral pero con efectos potenciales en el plano electoral.
Dicho de otro modo: no se trata solo de sumar afiliados, sino de construir una nueva periferia de influencia política. Una zona gris donde el pequeño emprendedor, muchas veces distante del discurso sindical clásico, pueda ser interpelado desde una narrativa de “trabajador autónomo” y, en consecuencia, aproximado a la órbita del Frente Amplio.
Hay, además, un trasfondo cultural que no conviene soslayar.
El pequeño empresario -el que abre su comercio, presta un servicio o produce a escala mínima- opera bajo una lógica distinta a la del trabajador dependiente. Asume riesgos, organiza su tiempo, invierte su capital -aunque sea exiguo- y responde directamente por sus resultados. Esa ética del esfuerzo individual, con sus virtudes y limitaciones, difícilmente encuentre traducción en una estructura sindical concebida para la acción colectiva frente a un empleador.
En ese cruce de lógicas es donde la propuesta revela su mayor debilidad. Intentar amalgamar intereses que, en la práctica, no solo son distintos sino muchas veces divergentes, puede terminar diluyendo la representación de unos y otros. Más que una innovación, la idea de “sindicalizar” a los pequeños empresarios parece una operación de frontera: expandir influencia en un terreno donde la política partidaria muestra grietas.
La pregunta es si, en ese intento, el PIT-CNT no corre el riesgo de desdibujar aquello que le ha dado sentido y legitimidad durante décadas. Porque, en definitiva, no todo lo que amplía la base fortalece la institución. A veces, la expone.
Pablo Melgar
