Alejandro “Pacha” Sánchez parece haber tomado una decisión estratégica: instalarse en la conversación pública con tiempo, método y, sobre todo, con una estética cuidadosamente construida.
Su reaparición en YouTube no fue un hecho menor ni improvisado; fue, en rigor, una pieza de comunicación política.
La escena estuvo cargada de signos. La barba de tres días -recurso clásico para sugerir cercanía y descontractura- convivió con un escritorio deliberadamente poblado: papeles en abundancia, un marcador azul manipulado con insistencia y un mate de diseño acompañado de un termo intervenido con la imagen de José Mujica.
Nada allí parece casual. Incluso el dispositivo de Apple, un iPod que no llegó a utilizar, operó más como símbolo que como herramienta.
Hubo, además, un detalle revelador en las muñecas. De un lado, un reloj que remite a la lógica del Samsung Galaxy Watch: tecnología, actualización, presente. Del otro, una cinta roja, gastada, asociada a creencias populares contra la envidia. Modernidad y superstición en tensión, o, si se prefiere, la síntesis de públicos diversos en una misma imagen.
El vestuario completó el cuadro: una remera negra con un símbolo que evoca al calendario azteca, otro guiño a lo identitario, a lo ancestral, a lo no occidental. Sánchez construye así una narrativa visual que intenta abarcarlo todo: lo técnico, lo popular, lo simbólico.
Sin embargo, el problema no estuvo en la forma, sino en el contenido. Durante una hora, el secretario de la Presidencia -cargo de máxima sensibilidad institucional- defendió el rumbo del gobierno y esbozó propuestas vinculadas a la venta de acciones de empresas públicas. Allí aparece la principal inconsistencia: Sánchez, que militó activamente contra la lógica privatizadora derrotada en el plebiscito de 1992, hoy ensaya una versión aggiornada de aquel mismo enfoque.
El matiz retórico -negar pertenecer al “club de los neoliberales”- no alcanza para disipar la contradicción.
Tampoco lo hace el recurso de la disculpa ante sus votantes. La idea de un “capitalismo popular”, ya insinuada en su momento por José Mujica, naufragó precisamente por la resistencia interna de su propio espacio político. No hay evidencia de que ese clima haya cambiado.
En este contexto, la reaparición de Sánchez no puede leerse aisladamente. Ocurre apenas un día después de que Luis Lacalle Pou capitalizara, con eficacia, la escena simbólica del desfile de la Patria Gaucha.
Dos estilos, dos narrativas, dos formas de ocupar el espacio público que empiezan a insinuar -todavía de manera prematura- un eventual eje de confrontación.
Pero los tiempos de la política no siempre coinciden con los de la comunicación.
A más de tres años de las próximas elecciones nacionales, la anticipación excesiva puede jugar en contra. La instalación temprana sin resultados concretos corre el riesgo de diluirse en la saturación del discurso.
Sánchez parece haber entendido la importancia de la puesta en escena. Le falta, en cambio, resolver la consistencia entre su trayectoria, su discurso y sus propuestas. En política, esa brecha no se corrige con escenografía.
El desafío es otro: menos relato y más gestión. Menos símbolos y más resultados. Porque, en definitiva, no hay estrategia de comunicación capaz de sostener, en el tiempo, aquello que la realidad no convalida.
Pablo Melgar
