Ayer volví a Casavalle. Conocí ese barrio hace más de una década, cuando algunas bandas desalojaban vecinos de sus casas y usaban las viviendas para vender droga o ampliar sus cuarteles.
En uno de esos pasajes, un muchacho discutió con su abuelo. No quiso escuchar los consejos de un ladrón experimentado. “Si somos, que se note”, le gritó antes de ultimarlo de seis disparos.
Camino hoy por los pasajes estrechos entre las casas y la memoria se me llena de nombres y rostros. Casi todos muertos.
Paso por la pequeña plaza de deportes y recuerdo las lluvias de balas, de un lado y del otro. Aquel tiempo en que el barrio parecía atrapado en una lógica de guerra. Dos bandas enfrentadas y plomo constante, como en los relatos de El Salvador.
Durante semanas la gente no salía de sus casas. Si la balacera era de día, los padres se jugaban la vida entre las balas para ir a buscar a sus hijos a la guardería del barrio. Si era de noche, no entraba ni salía nadie.
Ayer volví a Casavalle para inaugurar una escuela técnica de UTU. Fue un buen gesto de las autoridades actuales. Yo estuve a cargo de la comunicación de UTU durante todo el quinquenio pasado.
Antes fui cronista en “El País” y recorrí este barrio muchas veces. Pude ver de cerca el miedo y también esa cultura mortal que crece cuando la violencia se vuelve costumbre.
Por eso la escena de ayer tenía algo distinto.
Ayer volví a Casavalle para ver nacer una escuela que puede cambiar la vida de los adolescentes del barrio. Estuve cuando se reclamó, cuando empezó a gestarse y ahora, en su nacimiento.
Casavalle sigue violento. Las bandas no están, pero la violencia se mantiene. Ahora el barrio no está en los titulares, es algo.
Soy un simple cronista. Ayer pude ver el comienzo del cambio.
Pablo Melgar
