Por Yandira Castro
Hay historias que no hacen ruido, pero sostienen la identidad de un barrio entero. Historias que se cosen despacio, puntada a puntada, entre mates, recuerdos y silencios. La de Nancy Alfonso es una de esas.
Nació un 2 de septiembre en Minas, en el corazón del Barrio La Filarmónica. Allí creció, allí sigue, y allí construyó su mundo. Su infancia -cuenta- fue “muy feliz”, rodeada de amor, de juegos y de enseñanzas que no venían en libros, sino en las manos de su familia. A los cinco años ya tejía con su madre, crochet y dos agujas que iban marcando algo más que lana: una forma de estar en el mundo. Con su padre aprendió tapicería hasta los once años, cuando la vida le puso su primera ausencia.
En esa casa donde nunca faltaron los abrazos, Nancy Alfonso también fue “mimosa y mal enseñada”, como dice entre risas, por su hermano Gustavo. Y entre esas risas y aprendizajes, el barrio fue siempre escenario: el Complejo Filarmónica, el deporte, las tardes largas de una niñez simple y plena.
La creatividad no tardó en aparecer. En la adolescencia ya pintaba en tela, hacía adornos en espuma plast para cumpleaños y todo lo que implicara crear con las manos. “Habilidades tengo para todo”, dice con humor, pero también con la seguridad de quien sabe que lo suyo es hacer, intentar, mejorar. Perfeccionista, “como buena virginiana”, le gusta que cada cosa salga lo mejor posible.
Las primeras prendas llegaron con la maternidad. Cuando nació su hija, Alfonso empezó a confeccionar ropa en crochet y tela. Era una necesidad, sí, pero también un impulso natural: crear, abrigar, dar forma.
La vida, sin embargo, volvió a golpear fuerte en 2023. Perdió a su hermano y a su madre. El dolor fue profundo y, en medio de ese duelo, apareció la necesidad de sostenerse. “Tenía que hacer algo para tener la mente ocupada”, cuenta. Y ahí, con el apoyo de su hija, nació un pequeño emprendimiento de crochet y trapillo. Una forma de sanar, de seguir, “Hecho a mano”.
Pero el verdadero giro llegó casi sin buscarlo. Una amiga, Luana, le regaló una máquina de coser. Ese gesto simple fue el inicio de algo más grande. Nancy empezó con arreglos, pequeños trabajos, hasta que un día alguien le confió algo más importante: un vestido. Desde entonces, las telas no pararon de llegar.
Hoy, entre su trabajo como administrativa en una emergencia móvil y su casa convertida en taller, Nancy Alfonso cose historias. Vestuarios, arreglos, diseños que llevan su impronta. Uno de los mayores desafíos fue un traje de vedette: complejo, exigente, pero también una prueba superada con paciencia y pasión.
“Todos son complejos, pero como me gusta lo que hago, le pongo todo mi empeño para que salga bien”, dice. Y en esa frase se resume todo.
Nancy Alfonso no se define como artista, pero lo es. No se nombra emprendedora, pero lo construye día a día. Es, sobre todo, una mujer de barrio. De su barrio. Ese que no cambiaría por nada, porque allí están sus raíces, sus pérdidas, sus amores y su máquina de coser, que ya no es solo una herramienta: es refugio, memoria y futuro.
En La Filarmónica, donde las historias se cuentan bajito, Nancy sigue cosiendo la suya. Y también, sin saberlo, la de todos.
