Pablo Melgar
La discusión sobre la intervención reciente en el arbolado del Parque Rodó ofrece una postal elocuente de ciertas tensiones persistentes en la gestión urbana: técnica versus percepción, necesidad versus oportunidad, y, en última instancia, política pública versus sensibilidad ciudadana.
El detonante no fue un informe técnico ni una resolución administrativa, sino un video.
El edil nacionalista Joaquín Hernández difundió en sus redes una recorrida en automóvil por un sector del parque, donde se observa la poda de eucaliptos añosos. La elección musical no fue inocente: de fondo, la voz de Alfredo Zitarrosa entona Adagio en mi país, reforzando un clima de melancolía y pérdida que potencia el impacto visual de las imágenes.
Conviene, en primer lugar, delimitar el campo de discusión. La pertinencia técnica de la poda —su oportunidad, intensidad y efectos sobre la salud del arbolado— corresponde al ámbito de los especialistas. Ingenieros agrónomos, forestales y técnicos municipales tienen allí la palabra autorizada. No parece razonable sustituir ese juicio por impresiones inmediatas o reacciones emotivas.
Sin embargo, reducir el asunto a un debate técnico sería omitir un componente central: la experiencia estética y simbólica del espacio público. Los parques urbanos no son únicamente sistemas biológicos a mantener; son, también, escenarios de sociabilidad, identidad y representación. En ese plano, el impacto visual de una intervención importa, y mucho.
El resultado de la poda —al menos en su estado actual— proyecta una imagen que difícilmente pueda calificarse como neutra. Troncos desnudos, copas recortadas de forma abrupta y una sensación general de despojo componen un paisaje que, para el observador no especializado, se percibe más cercano a la degradación que al cuidado. Esa percepción, aunque pueda ser transitoria o incluso injusta desde el punto de vista técnico, es políticamente relevante.
No es un dato menor que esta intervención ocurra a las puertas de una nueva afluencia de visitantes. El Parque Rodó es uno de los principales puntos de atracción de Montevideo, tanto para el turismo interno como internacional. La primera impresión, en ese contexto, adquiere un valor estratégico. Una ciudad que aspira a consolidar su perfil turístico no puede desentenderse de la dimensión estética de sus espacios emblemáticos.
Aquí radica, probablemente, el núcleo del problema: la ausencia de mediación entre la decisión técnica y su traducción pública. En otras palabras, no se trata solo de qué se hace, sino de cómo se hace visible y se explica. La falta de información clara sobre los objetivos de la poda, sus beneficios esperados y los plazos de recuperación del arbolado deja un vacío que rápidamente es ocupado por la interpretación política o la reacción emocional.
La política, como era previsible, no tardó en entrar en escena. El video de Hernández no solo documenta una intervención; la encuadra, la resignifica y la convierte en un mensaje. En ese proceso, el paisaje deja de ser un dato para convertirse en argumento.
Pero más allá de la disputa coyuntural, el episodio deja una advertencia de alcance más amplio. Las ciudades que viven —en parte— del turismo no pueden permitirse agredir su propio paisaje, ni siquiera de manera involuntaria o transitoria.
La gestión del espacio público exige una mirada integral que articule conocimiento técnico, sensibilidad estética y comunicación eficaz.
En definitiva, puede que la poda haya sido necesaria. Puede incluso que, en el mediano plazo, redunde en un parque más saludable y seguro. Pero en el corto plazo, lo que se ofrece a la vista es otra cosa. Y en materia de paisaje urbano, lo que se ve —al menos por un tiempo— también cuenta.
